La vuelta al mundo de Pedro Paulet es un recorrido por la fascinante vida de este genio multifacético (Arequipa, 1874 - Buenos Aires, 1945). Estadista, científico y artista, Paulet fue el sabio que descubrió los principios de la astronáutica en la Francia de Julio Verne y quien rechazó una oferta para fabricar misiles de guerra para los nazis, con el fin de poner sus estudios al servicio del país que amó e imaginó grande, el Perú.

viernes, 18 de abril de 2014

Pedro Paulet entre alemanes en guerra


El 18 de abril de 1944, el popular diario bonaerense "Crítica" titulaba "Hace 40 años, un Peruano, Precursor de la Moderna Aeronavegación, inventó el Avión sin Hélices". En esa entrevista, Pedro Paulet, Consejero Comercial de nuestra Embajada, proponía una industria aeronáutica sudamericana.
No era un desconocido. En octubre de 1927, había hecho público su invento de un motor-cohete de combustible líquido en un diario peruano. Un mes después, Max Valier, líder de la Sociedad Astronáutica Alemana (VfR) -¿quizá aguijoneado por el invento peruano?- se asociaba con el constructor de automóviles Fritz von Opel, para experimentar recién con motores de pólvora en autos de carrera, como atestigua la película siguiente.
Esta película merece un comentario para ponernos en contexto. En ella, se aprecia un momento del Opel Rak 2, del 23 de mayo de 1928. Ese mismo día, Hermann Oberth exponía sin éxito y con mucha tristeza su teoría de motores líquidos ante el stablisment, la Sociedad de Ingenieros de Alemania. Willy Ley, otro socio de la VfR, culpó a Valier y sus experimentos con pólvora por quitarle piso a Oberth. Éste y Valier rompieron palitos.
Acá empieza lo interesante. Hay pruebas de que Paulet, quien era Cónsul en Rötterdam, estuvo un día después en Berlín, en las galas del Centenario de la Sociedad Geográfica de esa ciudad.
No se sabe si fue testigo de la presentación de Valier o la de Oberth, o se vio en esa semana con los miembros de la VfR, pero ese año fue reconocido como inventor del motor de combustible líquido en los libros de Valier y de A.B. Scherschevsky, ciudadano ruso, también miembro de la misma sociedad. Por coincidencia, varios años después, Willy Ley, el escudero de Oberth, quiso restarle méritos a estos dos autores.
Aquí hay que abrir un paréntesis. Tras el Opel Rak 2, Opel y Valier se separaron. Mientras Opel, quien únicamente buscaba publicidad para su empresa, siguió con sus pruebas con pólvora, Valier empezó a buscar el motor de combustible líquido. Otra vez nos preguntamos: ¿pudo verse con Paulet?
Sólo se sabe que el siguiente mes, junio de 1928, mientras Opel celebraba el Opel Rak 3, Paulet solicitaba al Perú traer científicos alemanes. ¿Quizá a Valier?
Esta historia tiene más vueltas. Por esos días, el cineasta Fritz Lang enroló a Oberth para hacer un cohete líquido que lanzar en el estreno de su película "La mujer en la Luna" (1929). Oberth fracasó: no pudo pasar de la teoría a la práctica por su poca habilidad como mecánico, aunque veladamente responsabilizó al ruso Scherschevsky, a quien había contratado para construir la cámara de combustión -¿inspirado en Paulet?-.
Y otra vuelta más. En 1931, Robert W.E. Lademann, otro integrante de la VfR, informaba en la revista francesa "Science et vie" que Opel y Oberth, que se habían asociado tras romper cada uno con Valier, habían experimentado sin éxito con el motor del peruano Pedro Paulet.
Lademann no ofrecía más detalles de esta prueba pero -no se piense equivocadamente- no dudaba en declarar que nuestro compatriota era un pionero de la astronáutica.
Para mayor sorpesa, un giro más. En 1968, en una conferencia, Opel reveló que Fritz Lang le pidió construir un motor de combustible líquido para "La mujer en la Luna", lo que rechazó por su dificultad. ¿Esa negativa tuvo que ver con el experimento mencionado por Lademann?
Como sea, el primero que pudo construir un motor líquido en Alemania (1929) fue Valier, como se ve en el video. Se dice que ese año buscó a Hitler, el político de moda, para convencerlo de financiar misiles con esa tecnología. ¿Sería ése el motivo del alejamiento de Paulet que siempre nos cuentan?


jueves, 10 de abril de 2014

Paulet y la conexión rusa (II): Scherschevsky, el espía

El 12 de julio de 2004, en el diario rumano Siebenbürgische Zeitung apareció una nota firmada por Hans Barth (1934-2011), uno de los biógrafos de Hermann Oberth: A. B. Scherschevsky, asistente de este pionero de la astronáutica durante la fallida construcción de un cohete de combustible líquido para la película "La Mujer en la Luna" (1929), había resultado ser espía soviético y enviado información de sus experimentos a los servicios secretos rusos.
En nuestra publicación anterior, Paulet y la conexión rusa: A.B. Scherschevsky, señalábamos que Oberth había asumido décadas después la responsabilidad de ese fracaso, atribuyéndoselo a su falta de conocimientos de mecánica. No obstante, el artículo de Barth de 2004 optaba por afimar que el experimento fracasó por falta de tiempo y dinero.
Como ya dijimos antes, en la Unión Soviética, Nikolai Rynin publicó entre 1928 y 1932 la gran enciclopedia astronáutica "Vuelo y Comunicación Interplantetarios". Rynin señala como un importante colaborador de la misma a A.B. Scherschevsky. E incluye una minuciosa descripción del proceso de trabajo del cohete para la película alemana. Sin embargo, Barth afirmaba que el ruso envió informes de 1929 a 1931 a los servicios de inteligencia soviéticos. ¿Cuál era el secreto?
Pareciera que su objetivo era demostrar la influencia aeroespacial alemana en la Unión Soviética. Eso no está en duda. Ni siquiera lo del espionaje. Sin embargo, ¿cómo se entiende el mal disimulado tono despectivo sobre el ruso, que puede apreciarse a lo largo del texto?
¿Ignoraba Barth la biografía que Rynin hizo de Scherschevsky en esa enciclopedia y que publicamos en la entrega anterior, donde se puede apreciar que era una persona instruida y gran conocedor de la técnica aeroespacial? Lo dudamos. Por el contrario, parece que que esto forma parte de una campaña de desprestigio sistemático quizá para levantar la figura de Oberth.
Campaña que trataremos de ir desmontando, pues eso acaba siendo utilizado por los detractores de Paulet, quienes aprovechan para afirmar que el mayor defensor del peruano fue Scherschevsky, al que se trata de pintar como excéntrico. Por cierto, el primero en reconocer como pionero el motor-cohete de Paulet fue Max Valier, tempranamente fallecido en 1930.
A continuación, una traducción del artículo de Barth hecha por la traductora profesional Martha Vargas Bautista. Juzguen ustedes.
Doctor Hans Barth


Asombrosos archivos recientemente descubiertos: Los soviéticos espiaban a Oberth
Un hallazgo en los archivos de los servicios secretos rusos proporciona material para fascinantes novelas de espionaje: los soviéticos espiaban al “Padre de la astronáutica”, Hermann Oberth, durante el desarrollo de sus trabajos en Berlín. El sajón de Transilvania construyó hace 75 años un pequeño motor-cohete, al que en la historia de la astronáutica se le denominaría "Kegeldüse" (Tobera Cónica). Su primer asistente fue un tal Alexander B.  Scherschevski, quien desde noviembre de 1929 hasta julio de 1931 proporcionó un total de 32 informes al servicio de inteligencia militar del Ejército Rojo en la embajada soviética en Berlín. Motivo por el cual en Moscú estuvieron muy bien informados de los fundamentos de la aeronáutica y técnica de cohetes que sentó Hermann Oberth.
Este año tienen motivo de celebración una serie de acontecimientos de la vida y obra de Hermann Oberth: en el 2004, se cumplen 110 años de su nacimiento el 25 de junio de 1894; 75 años desde el estreno de la primera película sobre el espacio, “La mujer en la Luna”, película en la que Oberth cooperó como asesor científico; 75 años desde la construcción, en Berlín, de su motor-cohete apto para funcionar con combustibles líquidos ("Kegeldüse": Tobera Cónica); 75 años desde la publicación de la obra más importante de Oberth, “El camino hacia el viaje espacial”, obra que en la literatura especializada ha sido denominada como la “Biblia de la astronáutica científica” y finalmente, se cumplen diez años desde la inauguración del Museo Hermann Oberth en Mediaș, región de Transilvania, lugar dónde el pionero de la astronáutica había escrito su innovadora obra.
Hermann Oberth. Anecdótico, humorístico y contemplativo

Los ciudadanos de Mediaș conmemoraron estos acontecimientos el 15 de junio con un acto en el Museo Oberth; con una competencia sobre el pionero de la astronáutica de la región sajona de Transilvania entre los colegios "Stephan Ludwig Roth y "Hermann Oberth", así como también con la presentación de la reciente publicación de la antología de anécdotas de Oberth traducida al rumano.
Esta presentación se llevó a cabo bajo el auspicio del Foro Alemán en la Casa Schuller, donde el autor tuvo  que firmar  aproximadamente  200 ejemplares de su obra. Un miembro del consejo municipal le pidió una dedicatoria para el Presidente Ion Iliescu y para el Primer Ministro Adrian Nastase, dedicatoria que entregaría al día siguiente en Bucarest. Los derechos de traducción sobre el libro “Hermann Oberth. Anekdotisches, Humorvolles, Besinnliches” (“Hermann Oberth. Anecdótico, humorístico y contemplativo”) publicado por la editorial Edition Wort und Welt en 1998 fueron transferidos por la editorial y el autor, Hans Barth, a la Fundación del museo de Mediaș exentos de licencia bajo la condición de que los ingresos obtenidos se empleasen únicamente en beneficio del Museo Oberth de esa ciudad.
En Feucht, cerca de Núremberg, la patria adoptiva del pionero de la astronáutica, las actividades comenzaron el 25 de junio, en  el día del nacimiento de Oberth con el discurso de Thomas Reiter, astronauta de la Agencia Espacial Europea, “Pasado, presente y futuro en el espacio”. Al día siguiente, en medio de una serie de conferencias sobre la historia de la astronáutica, se hallaba sobre todo la celebración de los 75 años. La proyección de la legendaria película muda  “La mujer en la Luna” (1929) de Universum  Film, que se llevó a cabo en la noche, gozó de gran aceptación. El 27 de junio se dio por terminado los “Días de la astronáutica” en Feucht, durante  la Asamblea General de la Asociación de Museos.  El motivo principal de esta asamblea fue la elección del nuevo presidente del Museo del Espacio Hermann Oberth. El astronauta alemán, Profesor Doctor Ulrich Walter, de la Universidad Técnica de Múnich, asumió este cargo honorífico en lugar del renombrado científico del espacio Profesor Doctor Ingeniero Harry O. Ruppe, quien debido a su edad no pudo presentarse para el cargo.

Las pruebas de cohetes realizadas en Berlín en 1929 y 1930

En esta contribución a estos eventos, no es mi intención repetir todo aquello que se puede leer sobre Oberth en las biografías escritas por mí o por otras personas. Mi intención es informar sobre aquello que va más allá y está directamente relacionado a los tres acontecimientos de hace 75 años.
Cuando en 1991 se publicó mi tercera y más extensa biografía de Oberth, casi todos los críticos estuvieron de acuerdo: con esto se dijo todo sobre Oberth. Sinceramente,  pensé de igual manera. Hoy, sabemos que fue una equivocación, ya que aquello de lo que nos enteramos después proporciona incluso material para emocionantes novelas de espionaje.

Hermann Oberth en el Museo del espacio en Feucht con la copia del modelo de la “Kegeldüse”, el pequeño y codiciado motor-cohete del año 1929

Para aclarar este punto, debo retroceder un poco, para ser exacto hasta el año 1929, un año lleno de acontecimientos. En aquel entonces, Oberth trabajaba en Berlín. El famoso director cinematográfico Fritz Lang lo había designado como asesor científico para su película “La mujer en la Luna”. Así, Oberth tuvo también la oportunidad de construir un cohete pequeño, que debía despegar antes del estreno para contribuir a la publicidad de la película sobre el espacio. Oberth empezó a trabajar. Lo primero que desarrolló y probó fue un pequeño motor-cohete, que en la historia de la astronáutica se le denominaría "Kegeldüse". Para llevar a cabo estos trabajos, Oberth contó, entre otros, con la ayuda de los estudiantes de la universidad técnica, Wernher von Braun y  Rolf Engel; su primer asistente fue un tal Alexander B. Scherschevski. Este “emigrante ruso” se presentó ante Oberth como un gran conocedor  de la literatura sobre el espacio; y poco antes él mismo había publicado en Alemania un  popular libro científico sobre el espacio.

El papel del asistente de Oberth: A. B. Scherschevki

Debo admitir que desde un principio este hombre me pareció muy sospechoso. Principalmente por una razón muy específica: la primera carta que Hermann Oberth envió desde Mediaș al pionero ruso de la aeronáutica,  Konstantin E. Ziolkowski,  fue escrita en alemán, mientras que  las dos cartas que envió desde Berlín (1929) fueron escritas en ruso e incluso con una máquina con caracteres cirílicos y el contenido de las cartas mantuvo un tono cordial hacia Rusia. Muchas veces me pregunté, ¿en qué parte de Berlín podría encontrarse este tipo de máquina? ¡Claro, solo en la embajada soviética! Me parecía que algo no estaba bien, pero no tuve la oportunidad de investigar sobre la sospecha.
Cuando quisimos recrear una "Kegeldüse" con las mismas proporciones de la original  para el Museo  Hermann-Oberth de Feucht cerca de Núremberg, el lugar de residencia de Oberth, se le pidió a Oberth, a von Braun y a Engel que trazaran de memoria el diseño original del primer motor-cohete. Todos lo hicieron, pero cada uno de ellos presentó algo diferente, ya que ninguno podía recordar con exactitud. Sin embargo, Karlheinz Rohrwild, director del Museo Oberth de Feucht, quien había convertido a la "Kegeldüse" en su objeto de estudio, no se rindió y continuó investigando, también en Rusia. Frecuentemente, contó con la importante colaboración de su colega rusa, Doctora Tanja Jelnina. Y he aquí, que en algún momento apareció el diseño exacto. Usted tiene diez oportunidades para adivinar en dónde fue encontrado.
En los archivos de los servicios secretos rusos, que ahora se pueden consultar en la Academia Rusa de las Ciencias. Y en efecto, fue “mi amigo” A. B. Scherschevski, quien desde noviembre de 1929 hasta julio de 1931 entregó en la embajada soviética en Berlín un total de 32 informes al servicio de inteligencia militar del Ejército Rojo. En esa época, existían ya en Moscú y Leningrado los primeros institutos de investigación de técnica de cohetes y estaban muy bien informados, como se diría hoy en día, en “tiempo real”, sobre los trabajos de desarrollo de Oberth. No es ninguna sorpresa entonces que los primeros motores-cohete rusos se asemejen a la construcción de Oberth. No solo se proporcionaron detalles sobre la "Kegeldüse". También el cohete de dos metros de Universum Film fue descrito a los “colegas rusos” con todos los detalles técnicos para su construcción. Este cohete debió despegar antes del estreno de la película, pero por motivos de tiempo y dinero no pudo estar listo en la fecha programada. Aún hay más, Oberth le había encargado a Scherschesvki la lectura de las pruebas de su obra más importante, "Wege zur Raumschiffahrt" (El camino hacia un viaje espacial). Fue de ese modo que el contenido de la obra más importante de Oberth ya se conocía en Moscú cuando fue publicada por la editorial Müncher Oldenburg.
Cuando, durante mis conversaciones con Hermann Oberth, se hablaba de A.B. Scherschevski, recibía siempre la siguiente respuesta: “Él era demasiado flojo; cada vez que entraba en su oficina, lo encontraba sentado delante de una hoja en blanco y dormitando. Finalmente, tuve que despedirlo”.
Ahora lo sabemos con mayor exactitud: el buen hombre, no era para nada flojo; al contrario, trabajaba mucho y muy bien, solo que no para Oberth, sino para los otros.  Lo valiosos que fueron estos “informes” para sus destinatarios, se demuestra con el hecho de que desde 1932 se intentó reclutar a Oberth dos veces para Rusia (“donde usted tiene todo lo que desea a su disposición”)
Dr. Hans Barth
(Edición impresa: Siebenbürgische Zeitung, No. 11 del 15 de Julio de  2004, Editorial)

domingo, 6 de abril de 2014

Paulet y la conexión rusa: A.B. Scherschevsky

"Según se indica en los informes del ingeniero Paulet, se demuestra que, con los ineficientes motores cohete de la época, que eran además limitados en su construcción por los mismos materiales a disposición, se podía diseñar motores cohete impulsados con combustible líquido. Esto está dirigido sobre todo a los críticos y a los escépticos".

Así afirmaba, en 1928, el científico ruso Alexander Boris Sherschevsky, radicado en Alemania y miembro de la Sociedad Astronáutica Alemana, en su libro "El Cohete para Viajes y Vuelo. Una introducción popular al problema del cohete".

Normalmente, se afirma que el libro fue publicado en 1929. Pero, hemos encontrado que en octubre de 1928, Die Rakete, boletín de la mencionada sociedad, anunciaba su salida, elogiándolo por ser exhaustivo y, al mismo tiempo, ameno para un público no iniciado. Y, en efecto, es un libro que sigue siendo referencia para quienes investigan la historia del nacimiento de la astronáutica en Alemania, en el periodo previo a la Segunda Guerra Mundial.

Ese libro le dio prestigio y lo catapultó a puestos importantes. Por ejemplo, en 1929, Hermann Oberth, uno de los padres de los viajes espaciales, lo elogió en el prólogo de uno de sus libros por sus contribuciones y lo contrató como uno de sus colaboradores cuando el cineasta Fritz Lang le encargó construir un cohete de combustible líquido para lanzarlo en el estreno de su película “La mujer en la Luna”.

Ese experimento no funcionó y, al parecer, Oberth acabó peleado con Scherschevsky, aunque Oberth mismo reconocería, décadas después, que el fracaso se debió a que él no tenía habilidades de mecánico. El caso es que, con el correr de los años, el ruso ha sido denigrado. Incluso se afirma que Oberth decía un chiste sobre él: que era el segundo hombre más flojo del mundo.

Otro que pretendió denigrarlo fue Willy Ley, también miembro de la Sociedad Astronáutica Alemana, con un argumento xenófobo: le pedía que se fuera a su país y le molestaba que Scherschevsky apenas se encogiera de hombros. Esta anécdota la recogió el norteamericano Frederick Ordway III, detractor de Paulet, para supuestamente ilustrar la baja calidad de los defensores del peruano.

En una segunda entrega, ahondaremos en todo eso. Por ahora, queremos llenar un vacío: saber quién fue Scherschevsky. Así que dejemos que un compatriota suyo, nada menos que Nikolai Rynin, autor de la afamada enciclopedia soviética de la astronáutica, “Vuelo y Comunicación Interplanetarios” (1928-1932), nos presente una sucinta biografía de él, en la que se aprecia, por ejemplo, que fue alumno del propio Rynin y nada menos que de Albert Einstein.

VIDA DE A. SHERSHEVSKII
Aleksandr Borisovich Shershevskii, nació el 22 de octubre de 1894 en Leningrado. Obtuvo su bachillerato en la privada Shtemberg Realschule. En 1913, fue admitido en el Departamento de Mecánica del Instituto Politécnico de Leningrado. Allí estudió ingeniería mecánica, construcción naval e ingeniería aeronáutica bajo la guía de los siguientes profesores (listados en orden alfabético): (el difunto ) A.P. Boklevskii, J. de Bottesatte (ahora en los EE.UU.), D.N. Zeiliger (ahora en la Universidad Estatal de Kazan), A. Loffe (Leningrado), N.A. Rynin (Leningrado), (el difunto) V.A. Slesarev, van der Vleet (ahora en Praga), (el difunto) A.A. Fridman, (el difunto) V.I. Yarkovskii, y otros. En la primavera de 1915, Shershevskii se ofreció como voluntario en la división de aviación del Aero Club, donde completó cursos sobre motores de aviones y entrenamiento como piloto. En el verano de 1916, fue liberado de este programa debido a dificultades de visión. En 1916 y parte de 1917, durante un total de seis meses, Shershevskii trabajó en la fábrica de aviones Lebedev en Leningrado, Novaya Derevnya (construcción práctica, fabricación y ensamblaje). En 1919, se fue a Berlín, Alemania. Allí continuó sus estudios como auditor en la Universidad de Berlín (Departamento de Física y Matemáticas de la Facultad de Filosofía) y la Technische Hochschule, bajo la guía de los siguientes profesores (listado alfabético): Bieber Bieberbach (Matemática Pura), A. Einstein (Relatividad), R. von Mises (Matemática Pura y Aplicada), el señor Plank (Física), H. Reissner (Estática), R. Fuchs (Aerodinámica) y G. Hamel (Mecánica). En 1925, trabajó en el departamento de patentes de la fábrica de aviones Aohrbach (aviones completamente metálicos y aeronaves). De 1924 a 1926, bajo la dirección del Mayor Tschudi, presidente del Aero Club alemán, Shershevskii preparó la sección rusa de un diccionario internacional en siete idiomas. Colaboró con un número de revistas de aviación (Z.F.M., Flugsport, Luftfahrt, Illustrierte Flug - Woche, Jungflieger, Die Rakete, Zeits. für angewandte Mathem. u. Mechanik, Vestnik Vozdushnogo Flota, y otras). En 1928, un popular libro de la ciencia escrito por Shershevskii fue publicado por la empresa editorial C.I.E. Volckmann en Berlín-Charlottenburg: "El Cohete para Viajes y Vuelo. Una introducción popular al problema del cohete". Él trabajó con el profesor Oberth. En la actualidad participa en el trabajo de la Deutsche Versuchsanstalt für Luftfahrt en Berlín-Adlershof. En el futuro cercano, tiene la intención de completar un estudio de los cohetes de largo alcance (Zum Variatsionsproblem der Fernrakete) y un estudio sobre el desarrollo de formas y tamaños de los animales y los mecanismos, moviéndose en un medio líquido o gaseoso o en el vacío (naves espaciales).
Shershevskii estaba interesado en la aeronáutica casi desde su primera infancia y mientras estaba en la escuela, organizó un club de aeromodelismo. Construyó modelos él mismo, y de 1911 a 1914, colaboró con las revistas "Vestnik Vozdukhoplavaniya" y "Aerozhizn" (Sociedad de Leningrado). Ya en 1912-1913, realizó pruebas con aviones sin cola (las que recién ahora están comenzando a desarrollarse en la División de Investigación de la Rhon - Rositten Gesellschaft en Wasserkuppe, Rhon, Alemania, por el ingeniero A. Lippisch, Fr Stamer, y F. Wenck); los resultados de esas pruebas no han sido publicados.
Shershevskii se interesó en los cohetes y los viajes interplanetarios al leer la obra clásica de Tsiolkovskii "Exploración del Espacio Planetario con Máquinas Jet" (Vestnik Vozdukhoplavaniya, Leningrado, 1911-1913).

martes, 25 de febrero de 2014

"El sueño de Paulet" en la revista Cosas Hombre

El último número de la revista Cosas Hombre (Edición N° 33. Febrero de 2014) ha publicado un artículo nuestro bajo el título "El sueño de Paulet". Adjuntamos aquí las páginas del artículo escaneadas y copiamos la versión original, entera y con su título original (que no necesariamente es mejor), sin los recortes y acomodos que la edición periodística exige a veces.



PAULET. GENIO, GERMÁNICO Y MISTERIOSO

Sumario revista Cosas Hombre. Febrero 2014
Aun hoy se debate si Pedro Paulet Mostajo (1874-1945) inventó el motor-cohete, sistema de propulsión de las naves espaciales. Arquitecto futurista, visionario de la economía mundial y diplomático, escribió innumerables informes sobre cómo el Perú podría desarrollarse a la par de las grandes potencias. Se ignora casi todo de su vida privada, pero un cineasta peruano, tras una década de reconstruir su pasado, descubrió la filiación pro germánica del sabio hacia fines de la Segunda Guerra Mundial.

Portada del artículo "El sueño de Paulet".
“Hace 40 años un Peruano, Precursor de la Moderna Aeronavegación, inventó el Avión sin Hélices”, decía un titular de Crítica, popularísimo diario argentino. Era abril de 1944, seguía la carrera armamentista en la Segunda Guerra Mundial, y el entonces Consejero Comercial de la Embajada del Perú en Buenos Aires, ingeniero Pedro Paulet, proponía en una entrevista el desarrollo de una industria aeronáutica sudamericana. Su intención, al parecer, habría sido llamar la atención del gobierno argentino, en el que el Vicepresidente y Ministro de Guerra, coronel Juan Domingo Perón, era el verdadero poder en la sombra.
Primera página del artículo "El sueño de Paulet".

Argentina tenía un partido nazi desde 1930. Se había declarado neutral en la guerra, aunque su inclinación por el Eje era inocultable y competía ferozmente con Estados Unidos por el liderazgo en el continente. El Perú era de los Aliados desde 1942, por presión de los Estados Unidos; no obstante, varios de sus líderes políticos habían evidenciado simpatías con el fascismo. En lo personal, Paulet escribió en 1940 que no comulgaba con el capitalismo, ni con el comunismo, ni con el nazismo.

Segunda página del artículo "El sueño de Paulet".
Sí, en cambio, era germanófilo. “Soy admirador de todo lo alemán”, escribió en 1906, planteando emular a Alemania, a fin de industrializar el Perú. Coincidía con Perón en la opción por la Tercera Vía y por un bloque económico sudamericano. Confiado en que Prado Ugarteche, presidente desde 1939, construiría la siderúrgica que prometió, propuso que el Perú y Argentina, que estaban industrializándose, se asociaran. Diez años antes, había ideado una vía férrea desde el Callao hasta el puerto de Buenos Aires, habilitando una salida comercial por el Océano Pacífico y otra por el Atlántico para cada país. Su libro El Japón Moderno y sus bases económicas (1935), escrito cuando fue Cónsul en Yokohama, preveía que se harían grandes negocios en la Cuenca del Pacífico.

El ataque a Pearl Harbor, en 1941, cuando él ya estaba en Buenos Aires, trastocaría sus planes. El Perú rompió con el Eje y se unió a los Aliados (1942). La siderúrgica se paralizó (1943). Brasil, otro país falsamente neutral, empezó a construir una siderúrgica con apoyo de Estados Unidos (1944) mientras Perón acogía a científicos alemanes, incluidos expertos en energía atómica, que huían de la guerra, otorgándoles pasaportes falsos. Si  nuestro compatriota Paulet quería construir el Avión Torpedo (1902), precursor de los jets que romperían la barrera del sonido (1947), Argentina era el lugar soñado.

Paulet cobró fama en 1927, al difundir (en una carta al diario “El Comercio”) su proyecto de avión con motores de combustible líquido. No mostraba ninguna patente pero decía que lo había concebido en París, tres décadas atrás, habiendo hecho funcionar el prototipo de esos motores cuando estudiaba en La Sorbona. “Desgraciadas circunstancias” le impedirían culminar el proyecto. ¿Se refería a la explosión que le destruyó un oído y que lo llevó preso a una comisaría acusado de anarquista? Los profesores de la prestigiosa universidad, que consiguieron liberarlo de la cárcel, le prohibieron seguir experimentando.

¿O fue quizá su filiación germánica su “desgraciada circunstancia”? Desde 1896, el Perú tenía acantonada una Misión Militar Francesa para profesionalizar su ejército. Chile tenía una Misión Militar Alemana con similar propósito. En la primera década del siglo XX, Paulet promovía una industria autóctona, desarrollando tecnología para usos pacíficos y militares (que incluiría, probablemente, el Avión Torpedo), mientras el influyente Barón Coronel Félix D’André, de la Misión Militar Francesa, proponía importar aeroplanos franceses para acoplarles su invento, la Metralleta Aviatriz.

El Presidente del Perú, Augusto B. Leguía, habría ignorado a Paulet dos veces: en la primera década del siglo XX, cuando le da la razón a D’André, y en la segunda, hacia el 1927, tras su carta publicada en El Comercio. El gobierno peruano actuaba  contrariamente a lo que hacía la SAA, Sociedad Astronáutica Alemana (Verein für Raumschiffahrt o VFR). Fundada apenas tres meses antes de la carta de Paulet, la SAA reunía a los expertos aeroespaciales más importantes del planeta, quienes, irónicamente, no habían podido construir un motor de combustible líquido, único modo de propulsión para navegar por el espacio, donde no hay aire.

La carta de Paulet, traducida al alemán, los dividió. Los desconfiados exigían una patente; los verdaderos conocedores, no: sencillamente, nadie había hecho funcionar un motor así. El más entusiasta, Max Valier, el auténtico pionero aeroespacial, construiría, en 1929, el primer motor de combustible líquido alemán. Su compatriota Robert W.E. Lademann vería en ese motor un potentísimo sustituto de los cañones (1929). Los futuros creadores del Sputnik ruso conocerían del mismo en 1932, vía la monumental enciclopedia astronáutica soviética, alimentada por el ruso Alexander Scherschevsky, miembro de la SAA.

Es verdad que el norteamericano Robert H. Goddard lanzó un cohete con motor de combustible líquido en 1926. Pero sus experimentos secretos sólo se conocieron en Alemania después de 1929, como estableció el alemán Alfred Fritz, descartando toda influencia norteamericana. Y, comparando los motores de ambos inventores, hizo notar la superioridad del sistema de alimentación de combustible del motor peruano, el que se sigue usando hasta hoy.

En 1929, un joven genio, Wernher von Braun, ingresó a la SAA. En 1932, luego de nutrirse de los conocimientos de la época, pasó a la clandestinidad, a construir misiles para el ejército germano. Reapareció una década después, cuando los misiles V2 (con V de Venganza), fabricados por él para el III Reich -y que empleaban motores como el de Paulet-, destruían Londres.

En 1944, el británico Frank Whittle, voló un avión con motor a reacción, haciendo obsoletas las hélices y motivando a Paulet a dar la entrevista al diario Crítica. ¿Llegó a proponer sus proyectos al gobierno argentino? No se sabe aunque Argentina fue, en pocos años, con Perón como presidente, uno de los primeros países del mundo en fabricar un jet. ¿Constaría ese encuentro en los archivos sobre Perón y los nazis que habrían sido destruidos por el gobierno de Carlos Menem? Es otro misterio por aclarar.

Paulet murió en enero de 1945, dos meses antes de que Argentina, presionada duramente por Estados Unidos, le declarase la guerra al Eje. Cuatro meses antes del fin de la guerra. O sería mejor decir cuatro meses antes de que von Braun fuese capturado y llevado prisionero a Estados Unidos bajo el cargo de genocida, para terminar siendo director del Programa Apolo, que colocó al Hombre en la Luna. En 1966, Von Braun le dedicó al peruano unos párrafos en “Historia Mundial de la Astronáutica”, aunque relativizando su aporte.

En el Perú, el maltrato no ha sido menor. El historiador Tauro del Pino lo excluyó del Cuaderno Bio-bibliográfico de 1945, donde se citaba a las grandes personalidades recientemente fallecidas y sus obras. En 1950, Francisco Mostajo, su primo, reclamaba que su viuda no había recibido aún su pensión. Al parecer, su cuerpo no ha sido repatriado aun hoy. Irónicamente, existe un mausoleo con su nombre en el Presbítero Maestro, donde se hacen paseos turísticos para visitar sus restos.

El Doctor en Física francés Jean-Jacques Serra, de los mayores expertos aeroespaciales del mundo, está entre los que cree que el motor de Paulet es el pionero. Serra indaga en los archivos de La Sorbona y en los archivos policiales, para determinar la fecha del invento. Pero, cabe la pregunta: si Julio Verne es considerado un pionero por sus novelas, ¿por qué Paulet no podría serlo por su precisa descripción de un motor que hoy la NASA propone para los viajes futuros, como a Marte?

En 2014, celebraremos los 140 años de Paulet, ícono de la industrialización en el Perú.

jueves, 30 de enero de 2014

Pedro Paulet en Sophimanía

Hoy, 30 de enero de 2014, se cumplen 69 años del fallecimiento de Pedro Paulet. Con ese motivo, el portal Sophimanía nos ha hecho una entrevista vía Skype que queremos compartir con ustedes.
Agradecemos a la directora del portal, la reconocida periodista Claudia Cisneros, y al autor de la nota, el periodista Juan Carlos Estrada. La entrevista en video la pueden ver a continuación.
Y pueden leer la nota escrita, haciendo clic aquí

domingo, 22 de diciembre de 2013

EL MISTERIO DEL SEÑOR PAULET


¿Qué pasó con Pedro Paulet cuando fue diplomático peruano en Buenos Aires desde 1941 hasta que murió en 1945? Al entrecruzar las ideas que propone en sus publicaciones, con hechos históricos bastante conocidos y conversaciones con testigos y expertos, una hipótesis atrevida emergió hace años. Ha pasado el tiempo y no ha cambiado, sino que se ha ido fortaleciendo. Y, por su complejidad, hemos preferido expresarla en forma de cuento. El que esperamos absuelva preguntas y, si no, abra otras para llegar a la verdad.

Agradecemos a los amigos que leyeron el texto previamente y nos dejaron valiosos consejos: David Blanco, Daniel Salvo, Pepe Güich, César Túpac Yupanqui y el ingeniero Luis Rojas.

Esperamos, sinceramente, vuestra opinión. Gracias adelantadas.

EL MISTERIO DEL SEÑOR PAULET

En el televisor en blanco y negro, un hombre caminaba sobre la Luna. Todos contuvimos el aliento. Hasta yo, que desde niño sabía que un día sería verdad. Recordé entonces al abuelo, mirando la invitación al cóctel. “Señor Pedro Paulet y señora”, decía el sobre. Salir en un diario de alto tiraje había funcionado. Releyó la entrevista que le había hecho Crítica. “Hace 40 años un Peruano, Precursor de la Moderna Aeronavegación, inventó el Avión sin Hélices”.


Era abril, 1944. El abuelo llevaba dos años y medio como Consejero Comercial de la Embajada Peruana en Buenos Aires. Perón tenía dos meses como Ministro de Guerra. Era seguro que estaría en el cóctel. El abuelo, que nunca salía de noche, iría esta vez.

-¡Un jet! ¡¿Y por qué guardar cuarenta años ese invento maravilloso?!-, preguntó el coronel argentino.

-Demasiado adelantado para su tiempo quizá-, dijo el abuelo, con modestia.

No le dijo que cuando quiso crear una industria peruana, imitando el modelo alemán, colisionó con la Misión Militar Francesa, que quería importar aeroplanos de su país. En Chile, había una Misión Militar Alemana. Pese a los ecos de la guerra franco-prusiana, él no ocultaba su admiración por todo lo alemán. Quién diría que en 1928, a los cincuentaitrés años, científicos de la Sociedad Astronáutica Alemana celebrarían su invento. Así conoció a Wernher von Braun.

-¡¿El de las bombas volantes?! ¡Un genio!-, exclamó Perón.

El abuelo asintió. El adolescente von Braun quedó fascinado cuando supo que el abuelo había conocido a Julio Verne. Admiraba su motor y le hacía toda clase de preguntas. Un día, sin embargo, desapareció. El abuelo se fue de Cónsul a Yokohama sin saber nada de su amigo. Hasta diez años después. En 1942, Alemania bombardeó Londres con los misiles V-2. Von Braun salía así de la clandestinidad. Entonces se vio que usaba motores-cohete como los del abuelo.

Días después, un auto se detuvo a la entrada de un café. El abuelo subió. Si se descubría lo que estaba por hacer, lo acusarían de alta traición. En la Segunda Guerra Mundial, el Perú era de los Aliados. Argentina era neutral pero todos sabían que se inclinaba hacia el Eje.

El auto se detuvo en el inmenso jardín de una casa de campo. Lo condujeron al interior, donde Perón y sus asesores científicos esperaban. Después de los saludos, el abuelo desplegó unos papeles amarillentos que llevaba siempre bajo la ropa, los únicos ejemplares de los planos de su Avión Torpedo y de su motor-cohete.

-Y entonces, usted propone una industria aeronáutica sudamericana…-, dijo Perón.

-Más que eso-, dijo el abuelo, extrayendo otro plano, esta vez de Sudamérica-. Un gran bloque continental. Argentina le está dando la pelea a Estados Unidos por el liderazgo en América.

-Con bastante sacrificio. Están presionando duro los gringos-, se lamentó Perón.

-“La política del buen vecino”-, ironizó el abuelo-. ¿Qué tal un tren desde el Callao, pasando por La Paz, hasta el puerto de Buenos Aires? Traería productos de Estados Unidos, México, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú; llevaría de vuelta productos de acá-, dijo trazando una línea imaginaria con su dedo.

-¡Y Chile queda off side!-, se rió Perón, dando un golpe en la mesa.

-Argentina saldría al Pacífico; Perú, al Atlántico… El Perú es el socio que necesitan.

Perón lo miró serio. Estados Unidos y Argentina, los dos países formados por migrantes, estaban peleando el liderazgo en América. El plan del abuelo era demencialmente revolucionario.

-¿Su gobierno sabe de esto?

-No oficialmente-, se demoró en responder el abuelo.

El Presidente Prado había enviado con esa misión al Embajador, general Benavides, un militar filo-prusiano que le había entregado la presidencia después de haber construido importantes carreteras y obras de irrigación. Prado prometió completar su obra e industrializar el país, construyendo una siderúrgica. “Con aceros especiales”, decía el abuelo, “¿quién podría parar una industria continental?”.

“Voy si me llevo a Paulet”, dijo Benavides. El abuelo sabía que era una misión riesgosa. No es que creyera en los nazis. Ni en el comunismo ni en el capitalismo. Aceptó para hacer realidad el bloque continental. Era 1941.

Pero vino el ataque a Pearl Harbor. Estados Unidos necesitaba cubrirse las espaldas. Hizo que casi toda Latinoamérica, incluido el Perú, declarara la guerra al Eje. Argentina y Brasil se resistieron. Estados Unidos endureció la presión. Argentina aguantó firme. Brasil aceptó la siderúrgica que le ofrecieron. Prado necesitaba divisas y paralizó la nuestra. Hasta aceptó enviar a los japoneses a campos de concentración norteamericanos.

El abuelo no le contó que a mamá, que era japonesa, le cambiaron el apellido por uno chino para salir de Lima a Buenos Aires, con papá y nosotros. El abuelo le debía eso a Prado. Tampoco le dijo que, con el apuro, papá, el mayor de sus hijos y su secretario, abandonó su motor-cohete. Irónicamente, en un corralón de la Avenida Argentina. Confiaba en construir otro. En el Perú, no había las condiciones; aquí sí.

En los días que siguieron, el abuelo entró en contacto con los mejores científicos argentinos y otros alemanes que habían huido de la guerra, refugiándose aquí. Pensó que había encontrado su lugar. Se sentía como el niño que fue, corriendo libre en la campiña de Arequipa, lanzando cohetes de carrizo cada vez más y más grandes, tomando nota de sus experimentos, proyectando llegar a la Luna, como había soñado con los libros de Verne.

Y ahí me pierdo. No había pasado un año cuando los diarios anunciaron que había muerto en la Embajada, con su carta de jubilación en la mano. ¿Un hombre como él desplomándose con esa noticia?

Hasta hoy no entiendo. ¿O sí? Dos meses después, Argentina, exhausta por tanta presión, le declaraba la guerra al Eje. Dos meses más y Von Braun y su equipo se entregaban a las fuerzas norteamericanas mientras Alemania se rendía.

Crecí viendo pasar las cosas que el abuelo había anticipado; los jets rompiendo la barrera del sonido, Argentina y su propio jet, un bloque europeo del carbón y el acero, el Sputnik… Y otras que no: von Braun, pasando de genocida a dirigir el Proyecto Apolo; el Perú, esforzándose por borrar su nombre… Y cada una me recordaba esa conversación que espié: el abuelo diciéndole a papá y mamá que tuvieran cuidado, le habían robado algo. ¿Los planos? ¿Escuché bien? El abuelo murió y papá y mamá nunca quisieron contarme.

Un día, von Braun le dedicó dos párrafos imprecisos en un libro. En el Perú, algunos celebraron mientras se preguntaban por qué nadie les había hablado de él. Después lo olvidaron. El día del hombre en la Luna, nadie lo mencionó.

Hace poco, enterramos a mamá. Papá se fue hace tiempo. Nosotros seguimos aquí, con este apellido que no es nuestro. Sin atrevernos a contarle a nadie. Pero leí que Estados Unidos prepara motores como el del abuelo para ir a Marte. “Estaba adelantado dos siglos”, pensé. Y sonreí, recordando al hombre que caminaba en la Luna. En el televisor en blanco y negro, el abuelo sonrió.

Álvaro Mejía

Huánuco, noviembre de 2013

lunes, 29 de julio de 2013

Paulet en la nave olvidada

No hace mucho, descubrimos el cortometraje peruano "Educación Física", que nos conmovió por el destino triste de sus personajes. Contactamos al director y guionista, Franco Finocchiaro, y nos hizo una revelación que nos sorprendió: uno de los personajes, el director de la escuela, estaba inspirado en Pedro Paulet.

Claro, en la imagen que se ha hecho el autor sobre Paulet, que no compartimos necesariamente. Como sea, nos trajo a la memoria algo que nos contó un amigo arequipeño: que Paulet había inventado una máquina para ver el pasado. Ante nuestro pedido de mayores detalles, nos dijo que el que había publicado esto era el escritor, también arequipeño, Pablo Nicoli.

Consultamos a Pablo, amigo nuestro, y se rió mucho. Ciertamente, él había escrito un par de relatos de ficción, Aventuras de dos arequipeños en época de Cristo y Viajeros por el tiempo en la Guerra del Pacífico, en los que Paulet viajaba en el tiempo gracias a una máquina de su invención.

Existe también un cuento de Iván Meza Vélez, en su libro Viajes Imposibles, donde Paulet aparece como un soñador, según nuestro amigo Daniel Salvo, quien ha podido leerlo e hizo una reseña para el Diario Oficial ElPeruano.

José Güich, escritor.
Pero lo anterior no es más que un pretexto para publicar "La nave olvidada", un emotivo relato de otro amigo entrañable, Pepe Güich, en el que se hace una importante alusión al sabio peruano. Pepe acogió gentilmente, como es costumbre en él, nuestra idea y nos envió el archivo original del cuento. Nos confió que no era idéntico al publicado porque antes de entrar a imprenta, le hizo pequeños cambios.

Además, encontramos que nos lo había dedicado, así que hemos preferido publicarlo tal cual está. Gracias, Pepe, querido amigo.

LA NAVE OLVIDADA
Para Álvaro Mejía

La secretaria dio tres breves toques a la puerta antes de ingresar al despacho. En ese instante, Floyd hablaba por teléfono. El escritorio lucía tapizado de informes y folios. Le hizo un gesto a la mujer, con el fin de que aguardara unos minutos. Cuando colgó el teléfono, resopló con furia:
-Parece que todos los problemas se concentrarán en nuestra oficina hoy, Ángela. Estos periodistas no dejan de molestarme. ¿Qué ocurre?
-Hay alguien que desea verlo, doctor. Espera en la antesala.
-¿Tiene cita?
-No. Pero dice que no le quitará mucho tiempo.
-Imposible -dijo el hombre, de aproximadamente cuarenta y ocho años-. La agenda está copada. Tú lo sabes.
-Dice que su avión de retorno sale esta noche de Houston. No tendrá otra oportunidad de buscarlo luego.
-¿De quién se trata? -dijo Floyd, buscando unos papeles.
-Es un físico. Trabajó en Berkeley. Ya está jubilado. Me dio su tarjeta.
Floyd la recibió de mala gana:
-Espero que no sea otros de esos mercenarios encubiertos que solo buscan información para sus pasquines.
Se colocó los anteojos y leyó al vuelo:
                                               Dr.  Roberto E.  Díaz
Físico 
-Hispano….No he conocido muchos físicos de ese origen. Curioso y exótico. ¿Te comentó qué quiere?
-No, doctor. Pero me asegura que puede interesarle mucho su breve caso.
Floyd miró la hora. 
-Hazlo pasar. Esto de los “asuntos  externos” asignados a la oficina implica un problema. Todo lo que no saben manejar  lo derivan aquí. Ya estoy harto.
La secretaria volvió a la antesala. Retornó con un hombre mayor, de piel bronceada, canoso y porte elegante.
-¿Dr. Floyd? Perdone que me presente así, pero no tuve oportunidad de llamar para solicitarle una cita. Soy afortunado: varios antiguos alumnos míos trabajan aquí; por eso, no fue difícil el acceso.
El hombre, de unos setenta años, hablaba inglés con ligero acento español.
-Puedo concederle solo unos minutos…Dr..….Díaz -Floyd leyó otra vez la tarjeta-.
-Muchas gracias.  Usted también es físico, según me comentaron.
-Solía serlo. Pero ahora me encargo de esta oficina: Asuntos Externos. Nombre muy genérico, ¿no lo cree?
-Estoy enterado. Y una de sus áreas de trabajo es la tecnología alterna.
Floyd miró la hora, cortante:
-Dr. Díaz, creo que ambos carecemos de tiempo hoy: usted regresa a su país esta noche y como verá, yo tengo un caos sobre este escritorio. Abreviemos, por favor.
-Comprendo. Disculpe: los hispanos no somos nada directos. Damos vueltas y vueltas antes de ir al asunto.
-Lo sé.
-Y sobre todo, peruanos. Creo que somos los que más rodeos dan. ¿Ha conocido peruanos, Dr. Floyd? Somos insoportables en ese aspecto. Vengo de San Antonio. Ahí vive mi hija con su esposo e hijos. Pasé unas semanas con ellos.
-No he conocido muchos, Dr. Díaz -dijo Floyd, en tono parco-. Creo que usted es el primero.
-Bueno, ya sé que el tiempo es oro. Yo viví en los Estados Unidos casi cuarenta años. Tengo la ciudadanía. Pero al divorciarme, la nostalgia me devolvió al Perú. Eso también tenemos allá. Somos nostálgicos por naturaleza. En exceso.
Floyd lo miró, entre molesto y desconcertado.
-Quince minutos, doctor Díaz.
-Excelente. Mi visita tiene que ver justo con tecnología alterna.
-No financiamos nada por ahora. El gobierno ha recortado fondos.
Díaz rió, distendido:
-Creo que a mi edad ya no se solicita financiación para nada. Solo quería comentarle algo en lo que he trabajado por mucho tiempo,  de manera teórica. Pero tendré que remontarme al pasado para que usted tenga una visión más completa del asunto. Seré conciso, no se preocupe.

            En 1949, el barrio de Santa Beatriz, en Lima, aún ostentaba cierto aire tradicional; desde la década de 1920, había sido el feudo de una clase media sólida y a lo mejor ajena a los cambios que se estaban gestando en el país. No obstante, ya se notaban los primeros indicios de que pronto eso sería  nada más que un recuerdo. En esa época, yo vivía en las inmediaciones del llamado Paseo de la República; contaba con muchos amigos, como cualquier muchacho, y llevaba una existencia convencional: clan familiar numeroso, cohesionado, conservador, partidos de fútbol, paseos en bicicleta y las obligaciones escolares, suspendidas los tres meses exactos que duraban las vacaciones de verano. Tenía doce años cuando ocurrió el suceso que me trae a esta oficina. Al lado de mi casa, y en contraste con el bullicio generado por mis tres hermanos y yo, habitaba una familia taciturna. Era lo que hoy suelen denominar “disfuncional”, aunque hace sesenta años ese término no existía.  Traté poco a los adultos, excepto al miembro más joven, Enrique. Por lo que se rumoreaba, solo la señora era la madre del muchacho; el hombre, su padrastro. Lo sometían a una disciplina rígida: el pobre  apenas salía a la calle y nunca solo. Siempre espiaba a los chicos  del barrio desde la ventana de su habitación, colindante a la mía. Fue precisamente en las vacaciones del 49 cuando  quedé recluido un día en el dormitorio por alguna travesura que ya ni recuerdo. Pero lo que sí persiste muy claro en la memoria es que me hice amigo de Enrique. Al ver que yo  también estaba asomado a la ventana, me llamó; empezamos a conversar sobre nimiedades de balcón a balcón, separados por escasos metros. Supe que su padrastro era muy estricto y no quería que se juntara con nadie, por temor a las malas influencias. En vacaciones, eso no variaba. Yo sentí lástima por él: mi estancia sería momentánea; levantado el castigo, volvería a  retozar con los amigos, mientras el desdichado de Enrique permanecía ahí, en esa prisión injusta. A veces, mi vecino iba a casa de algunos primos a jugar, pero no era frecuente, así que debía esperar el inicio de clases para tratar de nuevo con gente de su edad.  Mataba el tiempo leyendo y escuchando programas de radio. Nos pasamos  aquel día charlando, para así paliar la monotonía del encierro, el infortunio común. A la mañana siguiente, revocada la orden de aislamiento, regresé a los juegos de costumbre, quizá con algún vago sentimiento de culpa en mi interior porque había recuperado mi libertad, mientras que Enrique seguiría prisionero. Pero a tan corta edad, el espíritu solidario es tenue, y muy rápido olvidé al infortunado y su eterno balcón de vigía, hasta que una mañana, cuando yo salía en bicicleta para enrumbar al Parque de la Reserva, me pasó la voz desde las alturas. A decir verdad, no me había fijado en su presencia los días precedentes, concentrado en la diversión.

            -Perdone, doctor Díaz. Solo quedan diez minutos y no sé por qué me cuenta todo eso. ¿Cuál es el punto?
            Paciente, Díaz suspendió su relato:
            -No se preocupe, Dr. Floyd. Ya voy al punto. Es que debe conocer algo del entorno. Verá que los niños peruanos, por lo menos en esa época, no éramos tan distintos de los norteamericanos.
            -Muy interesante su observación antropológica -dijo Floyd, mirando una vez más su reloj.
           
Antes de que yo le preguntara, Enrique dijo que esa noche hablaríamos en el balcón, pues tenía  que confiarme algo importantísimo. Sus padres habían salido de viaje y solo estaba en casa una empleada que solía dormir temprano. Acordamos el encuentro y yo salí disparado hacia el parque, donde aguardaba la pandilla, sin concentrarme demasiado en el asunto. Por la noche, ya a punto de quedarme dormido, oí que  llamaban a través de la ventana abierta. Salí de inmediato. Era Enrique. Él esperaba que me acercase y en vista de que yo no aparecía, decidió tomar la iniciativa casi colgado de la baranda. Y ahí me enteré de su  hallazgo. Aprovechando la ausencia de los  mayores, se había aventurado a explorar partes de la casa que no estaban habilitadas: se refería a la vivienda de atrás, orientada a la calle paralela a la nuestra. Por alguna razón, una puerta comunicaba a ambos inmuebles; en algún momento hubo acceso continuo de los habitantes de una a otra edificación, pero para esos días estaba clausurada mediante una serie de candados, barras y cadenas. Enrique se agenció las llaves no sé cómo  y logró abrirla con esfuerzo;  se ubicaba en el muro medianero del fondo. En su primera incursión no se quedó el tiempo suficiente, pues ya anochecía; por eso, apenas  dio un vistazo. Todos los muebles permanecían cubiertos, y no había tanto polvo como se habría esperado, por lo que era presumible que alguien, con cierta regularidad, acudía a hacerse cargo del mantenimiento. En su segunda visita, Enrique, siempre cuidándose las espaldas de la empleada de sus padres, entró al garaje de la casa. Pero no guardaban autos ahí, solo un objeto también cubierto y de forma bastante extraña. A la tercera incursión, Enrique,   descubrió lo que esa tela protegía. Esta es la parte esencial de la historia. No era un automóvil. Más bien, recordaba a un vehículo de formas aerodinámicas. Según Enrique, se parecía mucho a las naves de seriales cinematográficas que tanto disfrutaba cuando lo llevaban al cine, como Buck Rogers o Flash Gordon. Yo no le creí, con ese escepticismo tan común en familias donde impera el  orden, lo pragmático y la ausencia total de imaginación. Lo noté decepcionado, como si mi actitud no fuese la que él preveía. El pobre Enrique requería de un cómplice y yo no daba la talla.  Algo intrigado, confieso, le pedí que me llevara a ver la “nave”. Bastaron esas palabras para que recuperara el ánimo. Me citó para el día siguiente. La empleada saldría de compras un buen rato y él se quedaría a sus anchas. La reunión sería en la puerta de su casa al mediodía.

            -¿Qué clase de nave era? -Floyd contemplaba a Díaz con curiosidad, pero aún dominado por sus costumbres de burócrata.
            -Veo que aún hay un científico en usted, Dr. Floyd. Lo celebro. En su momento lo sabrá. Y procuraré no pasarme de los quince minutos asignados. Se lo prometo.
           
            Estuve a las 12 en punto en el lugar de encuentro. Me abrió Enrique y entré, sigiloso. Era una vivienda espaciosa y cómoda, con una distribución similar a la mía. Fuimos sin preámbulos al jardín, bajo el sol veraniego. Empujamos la puerta y cruzamos a la casa del otro lado.  Las dos familias que habitaron ahí habían sostenido una relación muy estrecha. La puerta  lo demostraba.  Enrique me llevó hacia  el garaje. Tal como lo sostuviera  mi vecino,  no albergaba nada más que ese artefacto cubierto por una lona. Lo ayudé a liberar el objeto. Se trataba, en efecto,  de una nave, semejante a un avión en pequeña escala, pero de unas líneas  particulares. Enrique y yo observamos por unos minutos el aparato. Recuerde, era 1949: nuestras referencias sobre aviones eran bastante convencionales; la Segunda Guerra Mundial había culminado solo cuatro años antes. Y  es un hecho que el conflicto significó avances notables en todos los campos, pero ese aparato excedía lo previsible. Además, tenga en cuenta que solo éramos dos chicos de doce años en un país periférico del Hemisferio Sur. Enrique estaba fascinado. Una pequeña cúpula transparente permitía apreciar los interiores: había dos asientos mullidos y un tablero de mando. Mi vecino no cabía en sí de gozo: él la consideraba una auténtica nave del espacio. Ya se imaginará que su siguiente paso fue el intento de abrir alguna compuerta e ingresar a ella, pero resultó infructuoso.  Pronto lo buscaría la empleada. Cubrimos la nave, que se apoyaba sobre unas ruedas pequeñas; recuerdo la frustración en Enrique. Regresamos por el mismo camino y me despedí a las carreras, pues en casa ya me aguardaban para el almuerzo.  Habría olvidado por completo el incidente de no ser porque Enrique, unos dos o tres días después, me buscó nuevamente  por la noche. Más pudo la pasión por Buck Rogers que sus aprehensiones de ir solo al garaje. Una vez más  se encaramó sobre la baranda, estirando el cuello en toda su extensión. Salí. Esta vez me recibió con una noticia asombrosa: había encontrado un mecanismo oculto que le permitió abrir la cúpula; de ese modo, ingresó a la cabina. Quería que yo lo acompañara  para encenderla; él estaba seguro de que la nave funcionaría, pese a que no se veían ni turbinas ni hélices por ningún lado. Con altísimo sentido común, le dije que nunca la haría volar, a menos que le abriera un agujero al techo. Por lo demás, la puerta del garaje estaba tapiada. El otro acceso llevaba a lo que fue la cocina de la casa. Sería imposible sacarla de ahí, pero Enrique era obstinado. Nada perdíamos. Quizá no tiene ni siquiera motor, le dije. Me miró suplicante: su único amigo debía acompañarlo.

            -¿Pero qué tipo de energía usaba? Quizá solo era la maqueta de un prototipo. Para el 49, al menos oficialmente, ninguna nave en el mundo prescindía de hélices o turbinas.
            -En eso he trabajado, Dr. Floyd. Déjeme terminar, por favor. Comprendo su ansiedad al respecto. Ya sé que debo ir al punto. Sobre el sistema impulsor, el tema es complejo.
             
            Acordamos la incursión para la siguiente noche. Sus padres regresaban de viaje en dos días y luego sería  inviable visitar el garaje. El plan era que yo entrara al dormitorio de Enrique valiéndome de la proximidad de los balcones.  De ahí nos deslizaríamos a la primera planta y luego al jardín. En cuanto a la empleada, mi amigo le había descubierto un secreto que nos mantendría a buen recaudo si procedíamos con cautela y a la hora adecuada. Ya no medí las consecuencias de mis actos en ese momento. Si era sorprendido in fraganti, el castigo sería inimaginable. Fingí ir temprano a dormir y esperé con la ropa de entrecasa debajo del pijama, que luego me quitaría. Al llamarme Enrique con un silbido, coloqué la almohada debajo de las sábanas. A cierta distancia y con las luces apagadas, no habría dudas acerca de que yo dormía. Solo rogaba que a alguno de mis padres no se le ocurriera mirar más de la cuenta o aproximarse demasiado. Pero no tenían esa costumbre. Crucé al otro balcón como un gato y Enrique me guió desde su dormitorio. Pasamos cerca de la cocina; desde el otro lado, en el área de servicio, se oían unos gemidos de mujer mezclados con risas contenidas, y luego, más gemidos. Enrique murmuró que, durante los días que sus padres se ausentaban, la empleada había dejado entrar a su novio por la puerta de servicio y lo escondía en su cuarto. El sujeto se marchaba por la madrugada. Es obvio que solo pasarían unos cuantos años antes de que yo entendiera a cabalidad porque la empleada se expresaba de ese modo tan peculiar a altas horas de la noche.   Fuimos en silencio el jardín, empujamos la puerta y con la ayuda de una pequeña lámpara de querosene iluminamos el tramo, pues la luz eléctrica había sido cortada. Una vez en el garaje, examinamos el objeto; su diseño era ingenioso: una especie de triángulo en el cual iba inserta la cúpula de la cabina.

            -¿Pero no había cohetes o algo similar?
            -No, Dr. Floyd. Nada que se le asemejara, por lo menos en la primera impresión. Y tampoco había modo de saber dónde se encontraba el motor. Yo presumo que  debajo de la cabina y debía ser minúsculo. El resto de superficie era de un metal muy liso y reluciente.
            -Claro, para facilitar el desplazamiento -Floyd ya hablaba como un experto.
            -Terminaré pronto. Y comprenderá por qué vine.

            Enrique se abalanzó sobre el artefacto y, acto seguido, activó  la cúpula. Esta se abrió de repente;  asustado, di unos pasos atrás. Ni corto ni perezoso, mi amigo subió a la nave. Reía como un loco. Su duro confinamiento le brindaba ahora una compensación sin límites. Me señaló que la cápsula del piloto se cerraba por dentro, ajustando un botón.  Accionó  el dispositivo. Yo lo veía a través de una de las ventanillas. Más tranquilo, siguió probando con el tablero que tenía delante de él. De pronto, un rumor brotó de la parte baja de la nave y una línea de pequeñas luces comenzó a titilar sobre el fuselaje. Yo chillé, atemorizado, y me escondí detrás de unos muebles viejos, desde donde observé. Enrique no percibía el peligro, satisfecho de haber encendido el aparato. Me miraba sonriente desde el asiento, diciéndome con la mirada que no tuviera miedo. Yo  pensaba que iba a ocurrir una explosión. Luego, fui testigo de algo extraordinario: la nave consiguió elevarse unos treinta centímetros sobre el suelo, ante la satisfacción de Enrique. Doy fe de eso. De pronto, una luz que enceguecía lo invadió todo. Yo me arrojé al piso y ahí quedé, paralizado de terror. Cuando levanté la cabeza, la nave se había ido, y con ella, Enrique.  El espanto impidió cualquier ejercicio de racionalidad: solo atiné a correr, cruzar la puerta medianera hasta el dormitorio de mi vecino, saltar a mi balcón y meterme debajo de las sábanas. Supongo que la empleada y su novio ni me oyeron, entretenidísimos todavía en su faena nocturna. Ya era muy tarde; es poco probable  que alguien me viera.

-Su historia se sostiene hasta el momento de la desaparición de la nave con el niño adentro. Debió soñarlo.
-Me alegra su escepticismo. Ese escritorio no lo ha privado del espíritu inquisitivo. Bueno, es cierto. Ningún desaparece así como así. Pero ese verano de 1949, ocurrió. Y he pasado más de la mitad de mi vida tratando de hallar una razón. El episodio no es una ficción. Terminaré. Debo estar a las seis en el aeropuerto.

La noticia ocupó la atención del barrio y de la prensa sensacionalista por semanas. El padrastro, muy airado, reclamaba a las autoridades más eficiencia en la búsqueda de los culpables. Diarios importantes como El Comercio, La Prensa y El Centinela dieron cuenta del tema. Amenazó con sus influencias políticas, habló de cortar cabezas y vociferaba que no sabían con quién se habían  metido esos rufianes. Es obvio que esa era la explicación del vulgo, un secuestro. Los investigadores visitaron a todos los jefes de familia del barrio, pero ninguno proporcionó más detalles. En nuestro caso, siendo vecinos, se quedaron más tiempo para las indagaciones. Nadie sabía nada de nada. Yo, entiéndame, estaba aterrorizado con las consecuencias de la aventura. Fingí estar enfermo para no ser interrogado. La madre de Enrique había sido internada en una clínica siquiátrica. Pronto, la novedad cedió ante lo cotidiano; la policía prosiguió con su trabajo, hasta que se rindieron. El caso fue archivado. Incluso la empleada,  principal sospechosa, quien de rodillas y bañada en llanto juraba que nada había oído, fue liberada de toda sospecha; eso sí, la despidieron por descuido. Yo, por mi parte, diluida la primera impresión, empecé a preguntarme muchas cosas. El resto es sencillo: me obsesioné tanto que terminé optando por la Física como destino.

            -Fascinante historia, Dr. Díaz. No le niego cierto encanto. ¿Ray Bradbury? Niños solitarios y tristes que buscan escapar del autoritarismo paterno.
            Díaz volvió a reír:
            -Admito que sí…parece un relato de Bradbury, pero tiene mi palabra de que es cierta.
            -¿Por qué vino aquí, Dr. Díaz?
            -Quizá porque necesitaba contárselo a alguien. Sacarme un peso de encima luego de tanto tiempo.  Pagar una deuda con Enrique. Qué se yo. Bueno, también para  que una institución prestigiosa y especializada como esta tuviera constancia del suceso, por más increíble que parezca. Recibirá en unos días un informe pormenorizado de mis conclusiones. Pero, como adelanto, le traje esto.
            Díaz sacó un pliego doblado de su bolsillo:
            -Es un bosquejo de la nave con todos los detalles que recuerdo. El original, por supuesto, lo guardo en una caja fuerte de Berkeley. He dejado disposiciones claras sobre qué hacer con ellos en caso de que se produzca…algún problema.
            Floyd examinó el dibujo.
            -No soy ingeniero, pero he tratado de que sea un dibujo bastante técnico.  Ahora, Dr. Floyd, vea esta foto. Compárelos -comentó Díaz.
            Floyd continuó su observación.
            -Esta es la maqueta de una nave que descubrí mucho tiempo después, indagando aquí y allá. La exhiben de vez en cuando en el Perú. No es de gran  calidad, pero  se aproxima a los diseños originales de su inventor. ¿Está al tanto de que la historia de los viajes espaciales comenzó en mi país? Se lo digo sin ningún chauvinismo, que detesto  rotundamente. Hasta Von Braun reconoció el hecho.
            Floyd extrajo vagos datos de su memoria:
            -¿Paulet? ¿El que inventó el avión-torpedo? Lo recuerdo; fue adaptado para usos bélicos por los alemanes: los V-2. El mismo Von Braun usó el concepto para el proyecto Apolo. Historia conocida.
-Exacto, Dr. Floyd. Muy bien. Paulet  intentó fabricar esta nave, a comienzos del siglo pasado,  pero jamás se construyó. Solo quedaron los planos. Al final, después de tantas puertas sobre la cara, dejó todo para irse del Perú. Nunca volvió. Creo que alguien, cuya identidad desconoceremos siempre, siguió trabajando sobre los diseños anteriores, lejos de quienes se apropiaron de las ideas de mi compatriota. De ahí las diferencias: la nave de Enrique carecía de cohetes; presentaba modificaciones significativas en ese aspecto. Por alguna razón, quien llegó a construirla  se vio obligado a abandonar el proyecto. Quizá falta de dinero, o fallecimiento repentino del inventor. He tratado de seguir la pista, pero fue inútil. Me imagino la sorpresa de quien, de vez en cuando, acudía a la casa para revisarla: no halló la nave en su lugar (a sabiendas de que era imposible sacarla, ni siquiera por la puerta principal, la única habilitada; deduzco que el vehículo fue construido allí).  Un banco  era dueño del  misterioso inmueble, según datos que logré acopiar con  posterioridad. De los dueños anteriores, nada se sabe: la humedad destruyó documentos en los Registros Públicos. Ahí se acaban las pistas. Los padres de Enrique vendieron su casa un par de años más tarde y no supimos más de ellos.
            -Pero la pregunta persiste, Dr. Díaz. ¿Cómo desaparecen una nave y su tripulante? ¿Y qué energía usaba, si no era visible nada semejante a un motor?
            -Son muchas incógnitas. Pero siempre he pensado que en casos como estos, la hipótesis más descabellada es la correcta.
            -¿Qué quiere decir?
            -Creo que mis quince minutos ya expiraron.
            -Prosiga.
            -Gracias, Dr. Floyd. Pero no puedo abusar de su tiempo. Y aún debo ir al hotel a ultimar detalles. Todo está en el informe que llegará pronto a sus manos.
            -Me dejará con la duda, Dr. Díaz.
            -No lo tome como un desaire. Se merece una respuesta. Todo llegará. Pero supongo que algo debo adelantarle: la nave estaba  en fase de prueba (sospecho que utilizaba fuerzas magnéticas, dada la ausencia de combustible y de una propulsión convencional); en cuanto a capacidad para  esfumarse por sí misma, lo dudo. Pienso, simplemente, que Enrique, sin saberlo, en su entusiasmo de niño con juguete nuevo, lanzó una señal de rastreo. Al encenderla, y gracias a los trazos de energía, el sistema se la llevó de un plumazo, con él adentro.
            -Imposible. ¿Quién? ¿No me dirá que alienígenas? ¿O viajeros del tiempo? -se burló Floyd.
            -Le recomiendo que mejor no utilice la palabra “imposible” con tanta frecuencia, Dr. Floyd. Bueno, ha sido usted muy paciente. Debo retirarme ya.
            Floyd estaba desconcertado.
            -¿Se marcha ya?
            -Sí, doctor Floyd. No pensaba quedarme más tiempo del necesario.
           
            Floyd, arrastrado por la rutina, tuvo que posponer su interés en el extraño caso del Dr. Díaz; pero una que noche, con un vaso de whisky en la mano, sentado en el estudio de su casa, revisaba los documentos entregados por el físico (el esbozo de la nave y la fotografía de la maqueta).  Hizo averiguaciones sobre el peruano luego de la visita, y solo encontró una carrera intachable y fructífera en Berkeley, así como en su país natal. No era un fanfarrón en busca de resonancia mediática. Había realizado aportes notables en temas de gravitación y era profesor distinguido de la universidad. También formaba parte de un gran número de sociedades científicas y había recibido una serie de premios y condecoraciones. No descubrió fisuras ni manchas en su historial. Era quien decía ser: lo había comprobado gracias a búsquedas exhaustivas.
            Recibió lo prometido por Díaz a un mes del encuentro. Se trataba de una monografía de unas doscientas páginas que exponía los detalles técnicos del caso. Proponía una serie de conclusiones acerca de los acontecimientos del verano del 49. Pero no añadía nada novedoso a lo que el peruano ya le había referido. Lo leería completo alguna vez

            De regreso a Lima, el doctor Roberto E. Díaz participó en una serie de agasajos y reuniones; también sostuvo un cálido encuentro con sus hermanos y sus respectivas familias, muy numerosas. Era un genio científico -se rumoreaba que candidato al Nobel- y todos se mostraban orgullosos de él.  Los encargos acerca del departamento que había comprado en el primer piso de un edificio, en el viejo barrio de su infancia, habían sido completados a plena satisfacción. Se instaló en la propiedad y concedió  algunas entrevistas a  medios de prensa.  Solo restaba aguardar  la fecha señalada por la computadora, luego de haber descifrado el segundo mensaje en código binario.
Aún recordaba con asombro el primero, que llegó por correo electrónico a Berkeley. Eran coordenadas geográficas; casi se desmaya de la impresión cuando, valiéndose del   satélite, supo que correspondían al garaje de la casa de Enrique. Por suerte, el departamento construido en lo que alguna vez fuera la vivienda próxima a su casa, que tampoco existía ya, estaba en venta; sus dueños no querían vivir en él y los inquilinos no lo ocupaban por largos períodos (él comprendió por qué: Santa Beatriz ya no era residencial hacía mucho; estaba en franca decadencia). Uno de sus hermanos hizo los arreglos contractuales en su representación. Nada sospecharon, por supuesto; pensaron que el físico quería estar lo más cerca posible de lugares importantes para él.
Llegado el día, se sentó en la sala, a pocos pasos del lugar donde, según recordaba, había reposado  la nave. A la misma hora del suceso, una luz brillante se apoderó de la habitación, apenas iluminada por una lámpara de baja intensidad. Había previsto cada situación: el testamento obraba en poder del abogado, a quien también dejó un sobre con indicaciones precisas de qué hacer en caso de un imprevisto.
Se puso de pie serenamente, tomó el pequeño maletín dispuesto para la ocasión y avanzó hacia la nave, donde un sonriente Enrique, de doce años, lo esperaba para el iniciar el viaje de retorno.