viernes, 9 de noviembre de 2007

PAULET EN EL PAÍS DE LOS INGENIEROS

NACE UN SUEÑO

Arequipa, 1884. Un niño enciende la mecha de un cohete casero. En una celda adjunta, un ratón hace de involuntario tripulante. El cohete despega.

"En mi ciudad natal, edificada con lava de un antiguo volcán vecino, no hay miedo a mayores incendios, por lo que los cohetes son la obligada diversión en todas las fiestas. Desde pequeño aprendí a confeccionarlos".

El cohete cae. El niño libera al ratón. Anota en un cuaderno unas fórmulas. La Tercera Ley de Newton sobre acción y reacción lo inquieta. ¿Cuánta potencia se necesita para que un cohete tripulado abandone la atmósfera terrestre? El volcán de fondo es el Misti, que, como en un libro de Verne, invita a emprender un viaje a las entrañas de la Tierra. Pero el niño Paulet está empeñado en realizar otro de los Viajes Extraordinarios, ir a la Luna. Y no en una gran bala de cañón, como imaginó el francés, sino en una nave impulsada por cohetes.

Era un niño pobre, huérfano de padre, que halló el cariño paterno en un compatriota del escritor, el sacerdote Hippolyte Duhamel, fundador de una escuela de la que saldrían destacados estadistas, científicos y artistas peruanos. Ahí recibió una esmerada educación europea en artes y ciencias. Según el estudioso literario Estuardo Núñez, los libros de Verne ya circulaban en español desde 1870. Pero es probable que Paulet los haya leído en francés, idioma que se enseñaba en esa escuela junto al inglés y el latín.

Su primera inclinación fue el arte. "Desde cuando pudo manejar un lápiz, una pluma, un carboncillo, dibujó, por espontáneo impulso, y en este orden fue tal su vuelo que llegó a ser un artista por su propia culturización", recuerda su primo, el líder político Francisco Mostajo. Aunque llegó a ser pintor, escultor y fotógrafo, la pasión por la ciencia lo fue absorbiendo.

En la adolescencia, logró la complicidad de los coheteros artesanos, que fabricaban para él cohetes con cámaras más grandes. A la par, en 1890, la Universidad de Harvard inauguró en Arequipa el observatorio más importante del Hemisferio Sur. Aunque la actividad de éste era copada por los científicos norteamericanos, la ciudad respiraba un ambiente de ciencia de primer nivel.

Estando en la universidad, el gobierno, enterado de sus dotes sobresalientes, le dio una beca para estudiar Ingeniería y Arquitectura en La Sorbona de París. Había que modernizar al Perú y el joven partió dispuesto a regresar y ponerse al servicio de la causa.

EN LA FRANCIA DE VERNE

No se sabe aún si conoció a Verne, pero hay más de un punto de contacto con él. El primero, indirecto, es con el fotógrafo Nadar, quien inició al autor en los vuelos en globo y quien afirmaba que había que imitar el vuelo de las aves. Paulet creía que no: “el progreso no consiste en igualar los procesos de la naturaleza, sino en sobrepasarlos”. Creía que en vez de la “aviación” (palabra derivada de ave), debía estudiarse la “desgravitación”.

La realidad y la ficción parecían mezclarse en su vida. Fiel a su sueño, en 1895, año del debut del Cinematógrafo Lumière, empezó a construir un motor a reacción. Aquí otro punto de contacto con Verne: su motor usaba un combustible hecho en base a las panclastitas de Eugene Turpin, el inventor de la melinita y quien, en 1896, denunció a Verne ante los tribunales por haberlo ridiculizado en su novela Ante la Bandera.

Turpin había sufrido cárcel años atrás, acusado de traición a la patria por vender la fórmula de su explosivo, la melinita, a una potencia extranjera. En el libro, el protagonista, luego de que Francia rechazara su invento, comenzaba a enloquecer y se ponía al servicio del ejército de otro país, pero cuando debía enfrentar a un barco francés, en un acto de lucidez y heroico patriotismo, desviaba el proyectil que iba dirigido contra éste. Aunque Verne negó que se hubiese basado en la historia de Turpin y salió absuelto, años después apareció una carta suya en la que confesaba su intención de novelarla.

El juicio fue sonado y obligó a Verne a trasladarse de su retiro en Amiens hacia París. Paulet, sin embargo, atribuyó la idea de usar los estudios de Turpin a uno de sus maestros, el químico Marcelin Berthelot, entonces el científico francés más importante después de Pasteur, quien luego de un primer diseño del motor-cohete, le aconsejó experimentar con el explosivo.

Por la época, Paulet cumplió otra fantasía de Verne: recorrer el mundo. Como complemento de la exigua beca que le dio el gobierno peruano, se empleó como corresponsal y caricaturista de los diarios Le Figaro y La Petite Republique. Viajó por casi toda Europa, Estados Unidos, Asia y África.

Luego, entró al servicio diplomático peruano y, convertido en cónsul y en hombre serio que debía guardar las formas, puso punto final a los planos de su nave espacial, significativamente llamada Avión Torpedo. Fue en Amberes, en 1902, año en que el cineasta George Méliès parodiaba en el filme Viaje a la Luna los debates que Verne y H.G. Wells habían despertado acerca de si era posible llegar al satélite de la Tierra. En 1903, los Hermanos Wright lograban el vuelo de un frágil aeroplano. En 1905, moría Verne. En 1907, el astrónomo Camille Flammarion, en un artículo sobre las ventajas de los globos aerostáticos, afirmaba que no era posible llegar a la Luna.

EL PAÍS DE LOS INGENIEROS

En ese ambiente contrario a sus ideales, Paulet regresó al Perú y dio inicio a una cadena de intentos por construir su nave. Duhamel le había enseñado el amor a Dios y a la Patria y él estaba seguro de que su invento traería grandes beneficios al país.

Cuando a Verne le preguntaron porqué ambientó De la Tierra a la Luna en los Estados Unidos, respondió que le parecía el país de los ingenieros y, por tanto, el escenario lógico para eso. Paulet quería masificar la ingeniería en el Perú y crear el ambiente propicio para su invento. Aceptó dirigir la Escuela de Artes y Oficios, trayendo a un grupo de profesores europeos para formar a los técnicos que requerirían los ingenieros nacionales en todos los campos. Ahí se fabricaron aeroplanos mientras él estuvo al mando.

A raíz de problemas fronterizos con países vecinos y de la precaria situación de nuestra Marina de Guerra, un grupo de civiles y marinos crearon la Asociación Nacional Pro Marina. Varias fuentes indican que Paulet, uno de sus fundadores, se abocó a estudiar la construcción de un submarino. A la vez, propuso el uso de globos aerostáticos para otear en el horizonte la llegada de barcos enemigos, con lo que se convirtió en uno de los pioneros de la Aviación Naval peruana.

Ni uno ni otro proyecto eran novedad en el país, pero revelan una faceta suya poco conocida, la de ingeniero militar. Si atendemos a su carácter de científico y artista, es inevitable evocar al gran Leonardo Da Vinci, quien gustaba de presentarse como pintor, escultor e ingeniero militar.

No lo movía un espíritu belicista. Como hijo de la Revolución Industrial, Paulet abogaba por la industrialización y la apertura comercial del país hacia el mundo. Consciente de que en el mar se había decidido nuestro pasado y se decidiría nuestro futuro, sabía que a él estaban ligados “los más complicados problemas no sólo políticos sino sociales del Perú, tales como seguridad de su defensa, el desarrollo de su comercio, la acumulación de su riqueza y el progreso de sus habitantes”. Y se adivina el impulso verniano de explorar mundos desconocidos.

Otra de sus ideas fue crear la Liga Nacional de Aviación, para que los inventores peruanos tuviesen un espacio donde desarrollar sus proyectos de aviones. Pero, cuando ésta se creó, en 1910, se prefirió los aviones a hélice. Paulet encarpetó su invento. Estaba demasiado adelantado a su tiempo.

Abandonó el servicio público para regresar a Europa, donde se casó y fundó negocios privados, entre ellos una fábrica de juguetes en Londres. La mala suerte quiso que lo sorprendiera la Primera Guerra Mundial y perdiera dos hijos.

Una década después, regresó al servicio diplomático. Esta vez convertido en una suerte de representante peruano en cuanto evento científico hubiera en el Viejo Continente. Hasta que un día de 1927, estando en Roma, leyó en las páginas del diario peruano El Comercio un artículo que elogiaba el diseño de un avión-cohete, bautizado como el “buque cohete”.

Su autor era el alemán Max Valier. Según éste, la nave permitiría llegar de Nueva York a Berlín en menos de dos horas. Meses después, el mismo diario publicaba una carta en la que Paulet explicaba que el experimento de Valier no era novedad en Europa.

PRECURSOR DE LA ERA ESPACIAL

Los 1920’s eran años en que hablar de vuelos espaciales todavía parecía cosa de excéntricos. Más si quienes lo hacían declaraban haberse inspirado en los libros de Verne o de H.G. Wells. Por la época, Valier, Hermann Oberth y otros visionarios se divertían rediseñando el cañón que había imaginado Verne para poner al hombre en el espacio.

En 1927, se había fundado en Alemania la Sociedad para los Vuelos Espaciales, a la cual pertenecía Valier y de la cual emergería la rutilante figura de Wernher Von Braun, quien a la postre sería el artífice del Apolo XI.

En su carta, Paulet describía sus estudios de treinta años atrás en el campo de los aviones-cohete. Comparando el diseño de Valier con el suyo, se preguntaba cómo haría el avión de Valier, que tenía forma de obús, para regresar a Tierra sin que sus pasajeros tuvieran que hacer piruetas en el aire. Por el contrario, su nave tenía forma ovoide y contaba con una gran ala delta pivotante. Con la punta hacia el cenit, los setenta y dos cohetes que llevaba en la base permitirían el despegue vertical. En el aire, el ala giraría hasta permitir el desplazamiento horizontal. Nuevamente, con la punta hacia el cenit, graduando la potencia de los cohetes, se podría lograr un cómodo descenso.

Lo hacía sin soberbia, como lo revelan estas líneas: “No es tanto para hacer notar que el proyecto del alemán Valier ha sido precedido, treinta años antes y aún tal vez con experiencias más concluyentes, por el de un peruano, cuando para llamar la atención de los técnicos e inventores de nuestro país sobre este importante asunto, es que me permito escribir la presente. En efecto, lo que por desgraciadas circunstancias no he podido lograr, bien puede obtenerlo, para gloria y provecho del Perú, algún otro compatriota mejor provisto”.

Era una llamada de atención a los peruanos, que no habían apreciado bien su invento. Sin embargo, la carta, que contenía otros detalles técnicos, dio la vuelta al mundo traducida a varios idiomas e hizo que él fuese considerado en dos libros, escritos por miembros de la Sociedad para los Vuelos Espaciales, como uno de los cuatro padres de la navegación espacial, junto a Konstantin Tsiolkovski, Robert Goddard y Hermann Oberth.

En mayo de 1928, Paulet estuvo en Berlín, representando al Perú en un congreso científico, en momentos en que Valier probaba con cohetes en autos de carrera. Lo financiaba el industrial automovilístico Fritz von Opel -hallar dinero para experimentos aeroespaciales no era fácil en ningún lado-. Es probable que entonces Paulet haya tomado contacto con Valier y otros miembros de la Sociedad para los Vuelos Espaciales.

Los libros son de 1929, del ruso Alexander Boris Scherschevsky, y de 1930, de nada menos que el propio Max Valier. Ambos sumamente elogiosos con el motor y la nave inventados por Paulet. Incluso uno de ellos llegó a decir: "El advenimiento de la era espacial se hizo realidad con el desarrollo del motor a propulsión y de la nave espacial diseñada y construida por el peruano Pedro Paulet". Por su lado, en su informe posterior, Paulet pedía al Estado peruano que facilitara la inmigración de científicos alemanes, pues, por su excelencia, contribuirían al desarrollo del país. Ahí estuvo la ocasión de convertirnos en el país de los ingenieros.

Aunque por entonces los fabricantes de aviones seguían sin tomar en serio los motores-cohete, se sabe que recibió dos importantes ofertas que hubieran podido torcer su destino.

Una, de Henry Ford, el fabricante de autos, quien ofreció pagar una fortuna por su motor para aplicarlo en autos de carrera, a imitación de Von Opel. Ponía como condición que Paulet se hiciera norteamericano para que el invento tuviera esa patente. Paulet dijo que no porque su nave estaba diseñada para "navegar 348.000 kilómetros en el espacio sideral, hasta tocar el suelo lunar".

La otra oferta vino de la propia Sociedad para Vuelos Espaciales para enrolarlo en sus filas, prometiéndole construir el Avión Torpedo. Pero él supo que querían hacer misiles para el ejército alemán y tomó distancia de ellos. Lo que podría relacionarse con que Max Valier, lógicamente antes de su temprana muerte en 1930, se reunió con Hitler para convencerlo de emplear los cohetes como armas de guerra. Éste no le tomó atención porque le pareció un soñador.

Paulet siguió intentando que el Perú financiara su invento, sin ver jamás su nave volar. Hasta que, durante la Segunda Guerra Mundial, fue testigo de cómo el inglés Frank Whittle piloteó una nave con motor a reacción. Y de cómo Von Braun hizo los misiles de guerra que él rechazó.

Con el tiempo, afirmaba que su nave tenía también la capacidad de explorar en las profundidades del mar. Lo que recuerda a El Espanto, el pez-pájaro, nave que Verne hace aparecer en la novela Dueño del mundo. Eran tiempos en que aún se discutía cómo sería la nave que cumpliese el sueño. Aunque es probable que estuviese pensando en el amarizaje, que Verne había anticipado en De la Tierra a la Luna, hoy se considera que los aportes de Paulet fueron el sistema de retropropulsión y el diseño del ala delta. Ambos serían adoptados por los aviones civiles y militares tras la Segunda Guerra Mundial.

Paulet murió en 1945, el año en que Von Braun se entregaba como prisionero al ejército norteamericano para después integrarse a la NASA y dos décadas después poner al hombre en la Luna.

En ese lapso, los vuelos espaciales siguieron teniendo un aura de fantasía. Lo que capitalizó Von Braun, quien luego de haber sido señalado como criminal de guerra, se hizo muy popular como divulgador científico y llegó a participar en programas televisivos producidos por el afamado Walt Disney. Ambos rendidos admiradores de Verne.

Para algunos, Paulet fue demasiado idealista y debió aceptar las ofertas que le hicieron Ford y la Sociedad para los Vuelos Espaciales. Para otros, y nos incluimos entre ellos, se trató de un lúcido patriota ante la bandera. Un peruano de trascendencia universal.