sábado, 8 de diciembre de 2007

Una industria de retropropulsión

A Paulet le interesaba la industrialización del Perú. Siempre estaba pensando en qué productos peruanos podían exportarse y cómo industrializarlos para obtener mayores ganancias. En el informe sobre su intervención en las galas del Centenario de la Sociedad Geográfica de Berlín, hacía énfasis en que en Alemania estaba en boga la Geografía Económica y, a mediados de la década de 1930, llegó a ser profesor de esa materia en la Universidad Católica del Perú.

Confiaba seguramente en que la industrialización del país crearía las condiciones para la construcción de su nave espacial. No por coincidencia el filósofo peruano Francisco Miró Quesada escribe en 1959 que los avances soviéticos en astronáutica son producto de la 'gigantesca revolución industrial' llevada a cabo en ese país. Transcribimos el artículo
Una industria de retropropulsión
(*), escrito en plena Guerra Fría, donde Miró Quesada describe sus impresiones de una visita a la Unión Soviética. Más allá de ideologías políticas, una revolución así se imaginaba Paulet. Nosotros la seguimos esperando.

Mucho habría que decir sobre la industrialización y la producción agrícola de la Unión Soviética. Pero todo sería redundancia. Sería además, aburrido para el lector. Sería redundancia, porque en todas las revistas importantes del Occidente se han publicado, hasta el cansancio, datos y más datos sobre la vida económica de la Unión Soviética y sus últimos progresos. Especialmente en algunas revistas norteamericanas de gran importancia y seriedad, se han presentado sin ambages los más recientes y verídicos datos. Es una veracidad que honra al periodismo yanqui: todos los datos ofrecidos al lector, han sido verificados, cuando se presentó la oportunidad, rigurosamente "in situ". Las revistas yanquis, tanto las dedicadas a temas generales y de actualidad, como las especializadas, se refieren, unas con frío enfoque expositivo, otras con franca alarma, a los inmensos progresos de la economía soviética en los últimos años. Estos progresos son tan flagrantes, que han culminado en la sensacional hazaña del Sputnik. Ya nadie puede negarlo. Ni quiere negarlo. Tal vez algunos daltónicos políticos, totalmente fuera de caja pretendan aún negar la evidencia. Pero digan lo que digan, la economía soviética progresa como impulsada por propulsión a chorro. Las estadísticas aumentan con inquebrantable firmeza. Las gráficas se empinan cada vez más. La Unión Soviética ha realizado una gigantesca revolución industrial. Ésta es la realidad. Hay que saberla y hay que decidir frente a esta innegable realidad. Exponer estos datos, además de redundante sería aburrido, porque tendríamos que presentar al lector datos y más datos, estadísticas y más estadísticas, cuadros, comparaciones, incluso fórmulas de incidencia, expectancia y desviación estandard. Y no vale la pena. Lo que interesa de la Unión Soviética no es lo que se sabe, sino lo que no se sabe, lo que está oculto a través de propagandas opuestas y contradictorias. Lo que interesa es el problema humano directo. Interesa mucho más, saber hasta qué punto el ciudadano soviético puede usufructuar de este progreso económico, que conocer las cifras y estadísticas que lo revelan.

Visitamos muchas fábricas en la Unión Soviética, muchos centros de producción, un par de koljoses (granjas colectivas), un sovjós (empresas agrícolas del Estado). En Tbilisi, la capital de Georgia, tierra de Stalin, pudimos admirar una formidable siderúrgica, alrededor de la cual había crecido una ciudad obrera. Visitamos el Club Cultural de la fábrica, en donde vimos cómo los obreros y sus hijos dedicaban sus horas libres al teatro, a la música. Contemplamos un delicioso cuerpo de ballet compuesto por las hijas de los obreros. En Stalingrado visitamos la central hidroeléctrica más grande del mundo, de la que tanto han hablado las revistas occidentales. Está aún en construcción y será terminada dentro de dos años. La central aprovecha las aguas del famoso Volga, el río más grande de Europa. Navegamos por sus aguas de leyenda (aún nos parece un cuento) hasta llegar al gran canal que lo une con el Don y que permite que barcos del Mediterráneo penetren hasta el corazón de Rusia. En la entrada del canal hay una gigantesca estatua de Stalin, y un arco, debajo del cual pasan los barcos. En la parte superior se lee la leyenda: Slava soviétskomu narodu stroiteliu komunisma (gloria al pueblo soviético constructor del comunismo). El canal es de proporciones equivalentes al de Panamá. Pero se construyó en sólo tres años. En Leningrado, una de las ciudades más elegantes de Europa, visitamos una fábrica de generadores eléctricos. En Kiev, ciudad alegre y cordialísima, conocimos una fábrica de aparatos eléctricos. Tenía una sección de máquinas eléctricas de afeitar. Vimos también diversas fábricas de aparatos mecánicos. Por último contemplamos en Moscú la gran exposición de la industria soviética, recién inaugurada, que será permanente. Parte, sólo parte de esa exposición, llevó Frol Koslov a Nueva York. En ella pudimos apreciar las más modernas y avanzadas máquinas. Cosechadoras mecánicas, tractores de ejes variables, nuevos tipos de represas y bombas de agua…, secciones verdaderamente espectaculares, televisión en colores, cerebros electrónicos del tamaño de un aparato corriente de radio, una sección dedicada al aprovechamiento pacífico de la energía atómica. Vimos cómo en un profundo pozo de agua, el uranio irradiaba una luz azulina y espectral, admiramos a un joven científico que manejaba brazos mecánicos para manipular sustancias radiactivas. Su dominio del aparato era maravilloso, era capaz de destapar una botella y de prender una caja de fósforos, era capaz de levantar pesos enormes…

En fin, vimos lo que esperábamos ver. Y no vimos sino la parte que enseñan. Lo demás queda en Siberia, que es un poco lejos. Pudimos comprobar con nuestros propios ojos los datos proporcionados por los mismos occidentales. Pudimos, incluso, contemplar el famoso TU, el avión comercial de propulsión a chorro y disfrutar de su vuelo cósmico y supersónico. En la Unión Soviética los TU pululan en los cielos y en los aeropuertos. Todo eso lo sabíamos y lo esperábamos. Pero no por eso dejó de impresionarnos.

(*) Publicado en el libro La otra mitad del mundo.
La imagen ha sido tomada de USSR posters.