Ha aparecido Mundo Verne Nº 6 con artículos interesantes sobre la vida y obra del escritor. En lo que nos toca, destaca el que Cristian Tello dedica a analizar la novela Ante la bandera, inspirada en la vida del científico Eugene Turpin, creador de las panclastitas que llevan su nombre y que, por coincidencia, Paulet señala como el propelente que usó cuando inventó su motor.Turpin fue el inventor de la melinita -nombre con el que se conoce a las panclastitas-, un poderoso explosivo que puso al servicio de Francia. Lamentablemente, fue acusado injustamente de traición a la patria con el argumento de que había vendido su fórmula a una nación extranjera. Estuvo preso y años después, creyó verse ridiculizado en la novela de Verne, cuyo protagonista acababa víctima de la locura, y llevó al escritor a los tribunales.
Verne negó en todo momento haberse basado en su caso y salió absuelto pero una carta dirigida a su hermano, descubierta varios años después, reveló que sí se había inspirado en Turpin.
“Mi viejo Paul, el navío pez-pájaro es absurdo. Lo sé. Además, tampoco lo haría fabricar. Por otra parte, como ocurre siempre, después de varias semanas de trabajo mi tema se desvía, y ya no será una nave fantasma. El Turpin se lo ha llevado, pero voy a hacer que ocurra en condiciones casi fantásticas, con la locura como desenlace y ubicándolo en un medio poco común”, dice la carta de Verne citada por Tello.
Una mirada atenta a la cronología de los hechos nos ofrece datos interesantes. Turpin sufre cárcel entre 1891 y 1893. La carta de Verne es de 1894, el año en que Paulet parte a estudiar en La Sorbona. La novela se publicó por entregas entre enero y julio de 1896. En octubre, sería la demanda de Turpin. Para 1897, Paulet concluía las pruebas con su motor y las panclastitas de Turpin -eso sí, él afirmaba que la idea se la dio Marcelin Berthelot-.
Las coincidencias no terminan ahí. Es interesante que Verne califique de absurdo el pez-pájaro, una nave capaz de volar y sumergirse en las aguas, y que no la va a incluir en su novela. Sin embargo, la retomaría en su novela Amo de Mundo, de 1904, el mismo año en que Paulet vuelve al Perú a dirigir la Escuela de Artes y Oficios. Aunque él sí veía con escepticismo las naves imaginadas por el francés.
En 1909, en la revista Ilustración Peruana, al referirse positivamente a los vehículos “más pesados que el aire” -ortópteros, helicópteros y aeroplanos-, escribió: “Nadie creía en ellos hace un año ni aún los escritores de fantasía, que siguiendo a Julio Verne, lanzaban en pleno cielo, sobre absurdas máquinas a héroes de novela”.
Esta afirmación podría entenderse de dos maneras. Primero, es probable que a Paulet, quien ya había diseñado el Avión Torpedo, la gran bala de cañón de De la Tierra a la Luna le pareciera absurda. De otro lado, pudiera ser una toma de distancia de todo aquello que sonara a fantasía, pues en la primera década del siglo XX, cuando apenas se había realizado la hazaña de los Hermanos Wright, ya se debatía en el Perú qué tipo de nave aérea requerían nuestras fuerzas armadas. Es probable que Paulet, quien tomaba parte del debate y buscaba posicionarse como experto en los fundamentos de la joven navegación aérea, quisiera ajustarse a las más estrictas bases científicas.
No obstante lo anterior, varios años después, Paulet aseguraba que el Avión Torpedo podía volar y sumergirse en el mar. Lo que podría guardar relación con su proyecto de 1929 de represar el río Rímac para crear una gran laguna en la que se posaran hidroaviones, cuyos planos pueden verse en la muestra que exhibe actualmente la Cancillería.
Por último, aunque Paulet atribuyó la idea de emplear las panclastitas de Turpin a su maestro Berthelot, hay todavía una coincidencia más. Eugene Turpin murió en enero de 1927. En agosto de ese año, en respuesta al proyecto de avión-cohete de Max Valier anunciado por el diario El Comercio, Paulet dirigía una carta al diario, donde daba a conocer sus experimentos de treinta años atrás. La carta aparecería publicada recién en octubre de ese año. ¿Simple casualidad?
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En la foto, Turpin en su laboratorio. La imagen la hemos tomado de Colombes Philatelie.