jueves 26 de febrero de 2009

VIAJEROS POR EL TIEMPO EN LA GUERRA DEL PACIFICO

Cuando publicamos el primer capítulo de la novela de nuestro amigo Pablo Nicoli Aventuras de dos arequipeños en época de Cristo (2004), nos llamó la atención la alusión a 1943, año en que transcurre Lima de aquí a cien años (1843), la primera novela futurista peruana, de Julián Manuel del Portillo. Pues bien, Pablo nos ha enviado un relato donde vuelve a ocuparse del tema: sus dos protagonistas regresan de un viaje en el tiempo, casi como en la obra de Portillo. Aún hay varias cosas que decir al respecto pero es preferible conservar el misterio. Nos limitaremos, por ahora, a transcribir el relato tomado de su blog Libro de Arena.


VIAJEROS POR EL TIEMPO EN LA GUERRA DEL PACIFICO

Por: Pablo Nicoli Segura nicoli_pablo@hotmail.com

Cuento independiente que forma parte de la saga iniciada con la novela: Aventura de dos arequipeños en época de Cristo (2004), del mismo autor.

Cuando a nuestro regreso del más increíble de los viajes, el profesor Paulet incursionó en mi despacho cargando libros y mapas descoloridos y vociferando que había reconstruido la máquina del tiempo yo, a diferencia de la vez anterior, pude anticipar que este sería el inicio de una segunda y de seguro, más arriesgada aventura, hacia otro lugar y otro tiempo de la historia.

Como ustedes ya deben saber, si han tenido oportunidad de leer el libro del Sr. Francisco Nicoli: “Aventura de dos arequipeños en época de Cristo”, publicado originalmente en 1945 (Leer pie de página 1), mi compañero el profesor P. Paulet y quien escribe, tuvimos la increíble oportunidad de visitar Tierra Santa, aunque no precisamente en pleno siglo XX, sino en la misma época en la que Jesús de Nazaret vivió y predicó su doctrina.

A nuestro regreso por el tiempo nos sorprendió encontrar una realidad muy diferente a la que dejamos antes del primer viaje. Sucede que una vez consultada la geografía sudamericana descubrimos, para nuestro asombro, que el mapa físico del Perú se había reducido ostensiblemente con respecto al conocido por nuestros contemporáneos en 1943. Estos eran los peligros del viaje en el tiempo, me explicó el profesor Paulet. Nosotros, hombres del futuro, habíamos arribado a los tiempos de Jesús y de alguna forma, nuestra participación en dicha etapa histórica había modificado parte de la historia sudamericana futura de la que sólo nos percatamos al volver al siglo XX. No obstante la máquina del tiempo había estallado y tuvimos que aguardar, pacientemente unos meses, antes de intentar viajar, nuevamente por el tiempo y arreglar las inverosímiles consecuencias. Al parecer, el momento crítico se había sucedido en la Guerra del Pacífico entre los chilenos y peruanos. De alguna manera nuestros vecinos del sur se habían hecho de una porción mayor a la esperada del territorio nacional y su mapa político incluía, ahora, la ciudad de Arequipa, nuestro querido terruño.

A mí se me había ocurrido que un nuevo viaje por el tiempo podría arreglar las cosas y devolvernos a la situación de normalidad que tanto mi compañero como yo, deseábamos obtener y ¿quién sabe? nuestras intenciones podrían llegar aún más allá. ¿Sería posible que con nuestra ayuda y conocimientos los valientes peruanos de 1879 ganaran la Guerra del Pacífico? ¿Es qué no era nuestro deber defender los intereses patrios ahora o en cualquier otra época? Por supuesto que el profesor Paulet me había expuesto lo terriblemente peligroso de poner en práctica una empresa de tales magnitudes, pero después de la lamentable desmembración de nuestro suelo nacional, cualquier riesgo era poco.

Ahora que el profesor me comunicaba que su invento estaba en funciones, una idea había revoloteado en mi mente. Pedro Ruiz Gallo, mi abuelo paterno y héroe nacional, muerto en una terrible explosión mientras experimentaba con primitivos torpedos en plena Guerra del Pacífico, podía ser el nexo entre aquellos años y los nuestros. Estaba convencido que si mi abuelo hubiera tenido la orientación técnica necesaria y el apoyo económico para la elaboración de torpedos modernos, sin duda esta innovadora arma de guerra hubiera podido cambiar el curso de la historia. ¿Imagínense a Grau y a su famoso monitor dotado de este ingenio bélico? Pero, si el Perú hubiera contado con un arma tan particular, ¿cómo habría afectado el futuro de la historia nacional tal acontecimiento? La única forma de averiguar esto era viajando una vez más por el tiempo y hacer realidad nuestro vehemente cometido.

Es así que hoy 19 de enero de 1945 empiezo a redactar estas notas históricas en mi diario de cabecera, para que si algo nos sucediera en nuestro arriesgado intento y consiguiente viaje al año 1879, quede fielmente registrada tal vivencia para conocimiento de las nuevas generaciones.

19 DE ENERO 1945 - 23 SEPTIEMBRE DE 1879.

Lo primero que hicimos en los días precedentes al viaje fue aprovisionarnos de todos los implementos necesarios para la aventura –planos, dinero, libros técnicos sobre la construcción de torpedos, fotos familiares, credenciales trucadas, etc.-, y fijar la fecha en la cual debíamos encontrar a mi abuelo: Pedro Ruiz Gallo, es decir el 23 de septiembre de 1879, unos meses antes de su muerte.

Al penetrar en la máquina del tiempo, lo primero que capturó mi atención fue el nuevo calendario digital que el profesor había diseñado. Cómo antes, me sentí transportado hacia la posteridad. Entre tanto el profesor apretó un mecanismo y las oscuras puertas se unieron con la misma magia con la cual ya las había visto moverse meses antes. Cuando nuestro compartimiento terminó de cerrarse, los asientos de goma nos comprimieron de forma que quedamos aprisionados en nuestros cómodos sitiales. El profesor me miró de costado y me preguntó si me encontraba preparado. Mi corazón en esos momentos latía al doble de lo normal y sólo atiné a proferir con voz apagada: que sí, lo estaba. El dedo índice del profesor se adelantó y presionó el botón rojo que teníamos por delante. La monstruosa aceleración fue lo último que puedo recordar de forma conciente…

Al despertar, después del estrepitoso choque, nos vimos de pronto cubiertos de agua por todos lados. La máquina del tiempo parecía haberse convertido en un inesperado submarino. El aire pareció faltarme de pronto, sin embargo mi compañero me previno que no había de que preocuparse. Nos encontrábamos flotando en el mar, pero no nos hundiríamos. Al parecer esa parte de la costa Limeña, de la cual habíamos partido en 1945, había sido geográficamente parte del basto océano en 1879 y ahora estábamos flotando a la deriva. Un pescador que se hallaba cercano al muelle pareció reparar en ese misterioso animal marino que relucía como el oro y que parecía observarlo con sus dos enormes ojos oscuros. De pronto le vimos hacerse la señal de la cruz y enrumbar raudamente, ayudado de los remos del bote, hacia un lugar más seguro, mientras podían oírse sus gritos de alerta a los demás pescadores que miraban boquiabiertos al inusual cetáceo que se alejaba burbujeando por el océano. Por un momento me pareció estar viviendo una novela de Julio Verne, pero con matices mucho más loables que la sola aventura: la recuperación del suelo patrio; el ahorro de muchas vidas humanas.

No tuvimos problemas en llevar la máquina del tiempo a un islote cercano y también deshabitado. Una vez allí, nos las arreglamos como mejor pudimos para cubrir su presencia con ramas y hojas verdes. Un bote inflable que el profesor había tenido a bien incluir entre nuestras posesiones nos llevó a salvo a una playa desierta y de allí no fue difícil cambiar de trajes a unos más adecuados y de vistosas insignias militares.

Aquella primera noche, al amparo de una modesta lámpara y hospedados en una gran habitación dentro de una vieja casa de alquiler, delineamos las últimas ideas de nuestro sencillo plan. Nos presentaríamos a la mañana siguiente como miembros de marina con nombres de oficiales ya fallecidos en combate, (aunque aún no declarados hasta 10 días más tarde, según pudimos recavar la información de partes militares de la Guerra del Pacífico), en las instalaciones del Ministerio de Guerra en el Callao, lugar donde mi abuelo estaría trabajando los primeros detalles del experimento cuya prueba tendría lugar a las 10.45 de la mañana siguiente. Pediríamos hablar con el teniente coronel Pedro Ruiz Gallo con instrucciones precisas del Presidente de la República; un documento firmado y hábilmente fraguado avalaría nuestra misión secreta, para que confirmáramos la exactitud de sus notas experimentales y de ser necesario ampliáramos el proyecto con ayuda económica del gobierno. Cantidades desproporcionadas de papel moneda de la época (cambiada por la moneda de tiempos de Cristo que habíamos conseguido y vendido a muy buen precio), sería suficiente para llevar a buen término nuestras intenciones patrióticas…

24 DE SEPTIEMBRE.

La sorpresa fue mayúscula cuando al penetrar a las instalaciones militares fuimos conducidos, previamente, al despacho de un hombre corpulento y de barbas copiosas cuya presencia marcial nos apabulló. Se trataba del almirante Miguel Grau Seminario, quien demandaba ciertas apreciaciones de la supuesta misión secreta que el Presidente nos había encomendado.

-¡Hace meses -nos dijo en tono severo y mientras golpeaba su escritorio con los puños-, que escribo carta tras carta al Presidente Prado pidiendo material de guerra y nuevo armamento que hasta hoy –seis semanas-, no recibo para artillar y arreglar los desperfectos del Huáscar! Tampoco soy recibido en Palacio de Gobierno. Y hoy aparecen dos oficiales con una misión secreta que dirigen esfuerzos económicos en un proyecto que aún está en pañales; sin menospreciar los denodados intentos del coronel Pedro Ruiz Gallo…

En esos momentos el profesor aprovechó la ocasión para calmar los ánimos del “Caballero de los Mares”.

-Justamente de eso se trata –dijo acariciándose el bigote mi acertado compañero-. El Presidente nos ha enviado para apoyar la materialización de un arma secreta que una vez concretada será ensamblada en el monito Huáscar. Se trata de un nuevo proyectil marino que podrá perforar y hundir a cualquier nave enemiga. Se llama “torpedo dirigido”. Y aquí traemos los planos y especificaciones de su funcionamiento.

Terminó por agregar el profesor Paulet a la vez que extendía el documento en frente a Grau. Este miró los planos y si bien no pareció entender como funcionaría, a cabalidad, el ingenio de guerra, vimos como sus grandes ojos se alumbraron con la sola idea de que el Perú tuviera un arma con tal poder de disuasión.

-No se diga más, señores –expresó Miguel Grau-. Yo mismo los conduciré al recinto dónde trabaja el coronel Pedro Ruiz Gallo…

Al entrar en la gran habitación que servía de lugar de pruebas dentro del complejo marítimo del ejército, quedamos sorprendidos al descubrir que sólo dos hombres trabajaban en la experimentación de explosivos. Debo indicar aquí que el tipo de torpedos con los que experimentaba mi abuelo, poco o nada tenían que ver con los actuales proyectiles marinos. Dichos artefactos, para explosionar, debían ser estrellados contra su objetivo lo cual era una gran desventaja, especialmente porque era seguro que con estos intentos se sacrificarían muchas vidas humanas, además de que el sistema de detonación no siempre daba resultado. Pero nosotros teníamos la solución a cada problema seguramente planteado infinidad de veces por mi abuelo y habíamos venido a resolverlos. No se trataba de un invento complicado, pero si ingenioso.

Una vez fuimos presentados por Grau con mi abuelo, éste quedó visiblemente sorprendido con mi presencia. Al parecer yo le recordaba físicamente a alguien. Estoy seguro que notó algo familiar en mí que no pudo explicarse. Por mi parte sucedió algo parecido, aunque yo tuviera la ventaja de la información futura y supiera el por qué. El profesor mostró nuestras credenciales y El Caballero de los Mares nos recomendó efusivamente. Eso fue suficiente, lo demás sucedió sin mayor esfuerzo.

Serían las 10 de la mañana cuando el ayudante de mi abuelo manipuló un detonador y yo lo detuve, antes que pudiera suceder una explosión que nos quitara la vida a todos. Le expliqué el peligro de dichas maniobras –especialmente pensando que el ayudante recordara mis palabras unos meses más tarde-, y mí abuelo Pedro Ruiz ratificó mi fundada preocupación. Entonces el profesor empezó a cuestionar los adelantos experimentales del torpedo peruano y ante la atenta mirada de mi pariente, comenzó así mismo a explicar innovadoras teorías sobre el funcionamiento de un nuevo tipo de proyectiles marinos disparados como la bala de un cañón, pero con ventajas mucho más favorables a la hora de impactar en el blanco.

-Sucede –dijo con total transparencia de pensamiento-, que cuando se lanza un proyectil convencional, hay que calcular la dirección de tiro tanto en la horizontal como en la vertical, pero con este nuevo tipo de torpedo marino, tendremos a nuestro favor un factor y es que eliminaremos la altura, lo cual es una gran ventaja. Además sólo tendríamos que acercar nuestra nave a una distancia prudente –digamos 600 metros-, para no fallar en el blanco. Las especificaciones técnicas están en estos planos secretos.

Concluyó mientras Miguel Grau aplaudía tan magnífica disertación y comentaba frente a su plana mayor de oficiales:

-Señores, estoy convencido que hoy es un día histórico para nuestra nación y que el término de la guerra está muy próximo. ¡Viva el Perú y su gobierno! ¡Viva los hombres que conforman esta gran nación!

Y varias copas en el aire se escucharon rozar...

01 DE OCTUBRE.

Durante esta semana hemos trabajado arduamente en la fabricación del primer prototipo de torpedo dirigido y la primera prueba del artilugio ha resultado un éxito rotundo. Miguel Grau quiso escribirle al Presidente Prado aplaudiendo nuestra designación en la misión secreta; pero el profesor lo ha convencido de que este sería un riesgo muy serio y que lo mejor será que la nueva arma siga permaneciendo en el anonimato; especialmente por que la valiosa información de dicha misiva podría caer en manos enemigas. No obstante el profesor y anticipando esta arriesgada situación –puesto que al descubrir que suplantamos a oficiales peruanos podrían tomarnos como espías chilenos-, ha enviado una carta al jefe de gobierno inventando una excusa convincente que nos proteja de posibles interferencias en nuestros propósitos patrióticos.

En tres días más Grau se hará a la mar y probará el nuevo tipo de torpedo para hundir a los blindados chilenos de mayor trascendencia. De ser posible, el Cóchrane o el Blanco Encalada, buques gemelos de 3650 toneladas respectivamente. No obstante la seguridad del profesor de que todo funcionará como un reloj, yo guardo mis temores de que algo inesperado pueda echar a perder las cosas… ¿Quién puede saberlo? ¡Sólo Dios! Pues la nueva historia del Perú está recién escribiéndose...

06 DE OCTUBRE.

¡Algo terrible ha ocurrido! Hemos sido descubiertos como impostores con falsas identidades y se nos ha arrestado para hacernos el interrogatorio respectivo. Miguel Grau ha partido del puerto pocas horas antes de nuestro penoso destino y mientras somos víctimas de toda clase de sospechas y maltratos, sólo esperamos noticias de la suerte que pueda vivir el Huáscar y su tenaz comandante. Y es que sabemos que sólo una estruendosa victoria nacional en el mar puede salvar nuestras vidas. Confiamos en la pericia de Grau y sus hombres y por supuesto en la precisión del nuevo torpedo dirigido que en número de tres carga el monitor; anhelamos obtener una contundente victoria, aunque no pueda dejar de pensar que el 08 de octubre de 1879, Grau y su plana perdieran la vida en el combate de Angamos y según la historia oficial escrita antes de nuestro primer viaje en el tiempo.

09 DE OCTUBRE.

Las buenas nuevas se oyen por toda Lima, por la totalidad del territorio nacional. Las campanas de las iglesias están sonando como no se escuchaba en años. Por fin la noticia ha sido confirmada. El blindado chileno Blanco Encalada ha sido torpedeado y hundido y las otras naves que le acompañaban capturadas. Grau ha repetido su acción generosa como lo hizo con La Esmeralda y ha hecho recoger a los náufragos enemigos después del combate que han repetido al unísono: ¡Viva el Perú generoso! El profesor y yo hemos sido absueltos de los cargos que se nos imputaban y llevados en hombros a la histórica Plaza Mayor. No obstante las dudas sobre nuestras verdaderas identidades el Presidente Prado nos ha conferido la medalla de honor por servicios al país y mi abuelo ha sido designado embajador plenipotenciario. El Caballero de los mares ha sido nombrado “Contralmirante” por el Congreso de la República y se espera su glorioso arribo en cinco días más, pues el Huáscar anclará en Mollendo para arreglar ciertos desperfectos sufridos en combate.

-La guerra aún no ha concluido -a dicho el Presidente-, pero sin duda hoy nos hemos acercado un buen trecho a su término. Si ganamos la contienda, seremos un país generoso con nuestros vecinos y no aprovecharemos nuestra condición de vencedores.

PARTE DE GUERRA. (Leer pie de página 2)

Comandancia General de la 1ra División Naval.

Abordo del Monitor "Huáscar".

Al ancla Octubre 09 de 1879.

Benemérito Señor General

en Jefe del Ejército del Perú.

Conforme á instrucciones verbales que recibí del Señor General Director de la Guerra en el Callao, partí de este puerto con la División Naval de mi mando, compuesta por el Monitor "Huáscar" y la corbeta Unión.

El día 08 de octubre muy temprano, aproximadamente a las 6.00 horas 20 minutos, cercanos a la costa de Antofagasta, divisamos en el horizonte tres columnas de humo proveniente de naves enemigas. A los 15 minutos pudimos reconocer se trataba del Blanco Encalada, el Matías Cousiño y La Covadonga. Dispuestos a entablar combate y probar la nueva arma preparada para la ocasión, ordené a la Unión abrirnos en dos frentes y que enfrentara a la Covadonga. El Huáscar se acercó al Blanco Encalada y lo tomamos de costado, mientras el Matías Cousiño daba un círculo para atacarnos por detrás. A escasos 500 metros El Blanco efectuó su primer disparo cuyo proyectil pasó zumbando por encima de la torreta de mando e impactó en el océano. Sabíamos que en un segundo o tercer tiro nos darían de llenó así que procedimos a ejecutar el primer disparo del torpedo dirigido, pero mientras en esto nos afanábamos un segundo misil impactó a un costado del Huáscar, menos mal sin consecuencias mayores. Como venía explicando el torpedo fue lanzado y recorrió lentamente, como un pez espada, directo a la nave enemiga. Pudimos notar la sorpresa y desesperación de la tripulación chilena, mientras veían aproximarse al ingenio explosivo que en medio trayecto viró ligeramente de rumbo lo que, sin embargo no afectó el objetivo final, logrando en contados segundos hacer volar por los aires parte importante de la popa del Blanco Encalada. Doce minutos más tarde la nave enemiga yacía hundiéndose en el basto mar océano. Mientras tanto el transporte Matías Cousiño arremetía contra la tripulación del Huáscar con metralla, lo que propinó murieran en el acto seis bravos marinos peruanos y que quien le escribe perdiera parte de la mano izquierda; no obstante y ayudados por la corta distancia el Huáscar disparó dos veces con metralla y dejó inmovilizado al transporte enemigo.

Por otra parte La Unión ha perseguido a La Covadonga –el más preciado trofeo de guerra de Chile- y la a abordado sin mayores contratiempos, pues sus tripulantes se han rendido ante la inminente superioridad de nuestras fuerzas, pidiendo ser tratados como prisioneros de guerra y con las ventajas que esta posición les otorga. La bandera de la Covadonga ha sido arriada y hemos izado la nuestra mientras ambas tripulaciones de naves peruanas han cantado el himno patrio.

Finalmente hemos recogido a los sobrevivientes chilenos y decidido dejar a algunos ingenieros Ingleses a bordo del Matías Cousiño para intentar la reparación de sus máquinas. La Covadonga, nave de madera, ha sido puesta al mando del oficial Elías Aguirre con la intención de llevarla al puerto del Callao y ver que destino le otorga el gobierno.

Con respecto al Cóchrane y las otras naves enemigas no hemos tenidos mayores noticias pero estamos seguros se encuentran más hacia el sur y en nuestra búsqueda. Estamos convencidos que muy pronto libraremos un nuevo combate que sellará los destinos del Perú.

Siempre a sus órdenes.

Miguel Grau Seminario

Almirante del Huáscar

En ese momento me he puesto a recordar algo de la historia del Perú y he caído en la cuenta de la pérdida del litoral de Tarapacá y el departamento de Arica a manos de los chilenos. Así mismo he traído a la memoria el desastroso tratado Salomón-Lozano (1922) que cedió años más tarde a Colombia el trapecio de Leticia. Entonces me he preguntado: ¿siempre tendremos que ser así de generosos?

La guerra del Pacífico terminó 18 meses después y el hundimiento del Cóchrane el 15 de octubre del mismo año y en circunstancias harto parecidas a las ya expuestas en el parte precedente fue el golpe final que Grau y sus hombres le dieron al ejercito Chileno cuyo escudo rezaba: Por la razón o por la fuerza.

El gobierno Boliviano ha extendido su territorio hasta la ciudad de Santiago y la República Argentina ha invadido lo que quedaba del país sureño antes conocido como Chile, hoy inexistente como nación. El Perú, como era de esperar, no ha tomado parte en esta repartición.

Arequipa ha declarado al profesor Paulet como su embajador y ha querido independizarse de la nación mandando representantes acreditados a la ciudad de Lima para ejecutar este vehemente pedido. El profesor ha declinado, cortésmente, esta designación; sin embargo ha prometido montar un proyecto sui géneris basado en sus estudios del cohete espacial y de la máquina del tiempo que lleve, en unos años, a los primeros characatos a la luna.

Por otra parte el profesor y yo hemos trasladado el artilugio del tiempo a su casa en Tiabaya y estamos dispuestos a lograr un nuevo periplo que nos lleve a salvar el conocimiento universal. Esta vez podría tratarse de la Biblioteca de Alejandría o quien sabe otra etapa de la historia del planeta…

1- Vuelto a editarse en el 2004 por Pablo Nicoli S.

2- Escuadra peruana de 1879:

-La Independencia (fragata blindada de 2004 toneladas, encallado el 21 mayo de 1879. Combate de Iquique).

-El Huáscar (monitor blindado de 1100 toneladas, al mando del legendario Miguel Grau)

-La Unión (corbeta de madera de 1150 toneladas)

-Pilcomayo (de madera, 600 toneladas)

-La Manco Cápac y La Atahualpa (por su antigüedad no podían navegar y anclados en Arica y el Callao sólo servían de baterías flotantes)

Escuadra Chilena:

-Blanca Encalada (acorazado blindado de 3650 toneladas)

-Cóchrane (acorazado blindado y gemelo del anterior de 3650 toneladas)

-Chacabuco (corbeta de madera de 1670 toneladas)

-O’ Higgins (corbeta de madera de 1670 toneladas)

-Esmeralda (buque de madera de 850 toneladas)

-Magallanes (buque de madera de 800 toneladas)

-Abtao (buque de madera de 800 toneladas)

-Covadonga (buque de madera 600 toneladas)