viernes, 28 de agosto de 2009

Fernando Belaúnde y las profecías de Santa Rosa

Este artículo debió salir ayer en una conocida revista local. Mientras investigábamos sobre Pedro Paulet, hace como un año descubrimos esta extraña y fascinante historia en la que se confunden las profecías de Santa Rosa de Lima, una novela futurista publicada en El Comercio en 1843 y hechos y personajes reales del Perú del siglo XX.

A Rosa María, la rosa más linda

¿Cuán cierto es que Isabel Flores de Oliva, Santa Rosa de Lima, hizo profecías? (1) Que un maremoto iba a desaparecer El Callao. Que cuando un Inca Católico llegase a lo alto, el Tawantinsuyo se recompondría.

Verdad o no, el escritor masón Julio Portillo lo tuvo en cuenta para su novela Lima de aquí a cien años. Aparecida por entregas en El Comercio, en 1843, ésta se ambientaba en la Lima ultramoderna de 1943, cuyo cielo poblaban naves voladoras. Como eco de los vaticinios, El Callao, que había sido rebautizado como Santa Rosa, ya no existía y el puerto quedaba entonces en Monserrate, cerca del Centro de Lima.

¿Fue casualidad que, en 1943, en la vida real, el joven arquitecto Fernando Belaúnde Terry peleara por construir una Basílica a Santa Rosa en lo alto del Cerro San Cristóbal? La idea era de otro arequipeño, Pedro Paulet, quien además era arquitecto. En 1933, Paulet publicó su Proyecto para el Embellecimiento del Norte de Lima, donde el monumento sobre el San Cristóbal era el núcleo del que saldrían tres carreteras: una hacia El Callao; otra hacia la Selva, que debía tener una salida hacia el Atlántico; y otra hacia el Cusco. A eso sumaba un aeropuerto para hidroaviones hecho con las aguas represadas del río Rímac.

Afirmaba que la basílica –que debía ser el monumento más grande del mundo para que sea visto desde aire, mar y tierra- no tendría mejor pedestal que el San Cristóbal, que podía verse desde cualquier punto de la ciudad. Ése era el argumento estético que Belaúnde esgrimía ante un sector de la iglesia empeñado en levantar la basílica sobre la casa que habitó la santa, en lo que hoy es la Avenida Tacna. Para hacer el debate más apasionante, otros apoyaban la postura de Belaúnde con argumentos menos estéticos pero igual de fascinantes, como que cada vez que se había querido construir algo en la casa de Santa Rosa, los muros se habían caído, pues ella no quería que se destruyera la armonía en que aves y flores convivían en su jardín.

La controversia sobre dónde construir la basílica comenzó, en realidad, casi desde la muerte de la santa, en 1617. Pero el momento más álgido ocurrió entre los años 1930 y 1940. En 1933, Paulet hizo públicas sus ideas, seguro de que las peregrinaciones de los fieles a la Patrona de América y las Filipinas multiplicarían el dinero invertido en las obras. Incluso logró que el Japón donara las rosas que recubrirían las faldas del cerro. Proyecto que no prosperó.

No obstante, a mediados de esa década, el escultor español Manuel Piqueras Cotolí, director de la Escuela de Bellas Artes, presentó un diseño de basílica que combinaba elementos hispanos y andinos. En pleno auge del indigenismo, eso desató la ira de las voces más aristocráticas, incluso dentro del arte, que impidieron que se concretara. Cuando aún no empezaba la migración masiva de la Sierra a la Costa, ¿no era provocador proponer algo que hiciera recordar a un Inca católico?

Luego la realidad puso su cuota de ficción. El mar inundó El Callao y Chorrillos en el terremoto del 24 de mayo de 1940. No ocurrió la destrucción presagiada. Pero la población seguía susceptible cuando llegaron 1943 y un concurso internacional de proyectos para la basílica. Lo organizaba una comisión de damas de alta sociedad, presidida por Anita Fernandini de Naranjo. Durante meses, Belaúnde, desde su revista El Arquitecto Peruano, advertía que la basílica construida a nivel del suelo no se luciría. Cuando parecía que nadie lo escucharía, el concurso fue declarado desierto.

El San Cristóbal tiene su propia historia fantástica. Un grupo de soldados españoles cercados por las huestes de Manco Inca se refugiaron en el cerro, encomendándose a San Cristóbal. Cuando Manco Inca abandonó el asedio, el propio Francisco Pizarro decidió bautizar el improvisado escondite con el nombre del santo protector. Se dice también que el cerro guarda tesoros fabulosos, como el de la legendaria Catalina Huanca. Y en los años 1950, Daniel Ruzo, descubridor de la meseta de Marcahuasi, afirmó que debajo de él se hallaban los vestigios de la antiquísima cultura Masma, equiparable a la ciudad perdida de la Atlántida. Ruzo publicó unas fotos que demostrarían que en el San Cristóbal hay significativas cabezas talladas por los masmas.

Mientras tanto, el debate sobre dónde colocar la basílica prosiguió. En los años 1960, se presentó una coyuntura singular. Belaúnde era Presidente de la República y Anita Fernadini, alcaldesa de Lima. Ésta había cambiado de opinión y admitía que la basílica se luciría mejor sobre el San Cristóbal. La comisión que presidía organizó otro concurso internacional y ya iniciaba una colecta para realizar el proyecto ganador cuando un golpe de Estado derrocó a Belaúnde y puso en el gobierno al General Velasco y a un grupo de militares de izquierda. El Arzobispo de Lima, Monseñor Luis Landázuri, no tuvo más que expresar que no eran tiempos para dilapidar el dinero en obras fastuosas y destinó lo recaudado a trabajos de bien social.

En 1980, con la vuelta a la democracia, Belaúnde regresó al poder. Al año siguiente, un antiguo tradicionalista limeño, César Revoredo Martínez, publicó el libro Santa Rosa en la cumbre del San Cristóbal. Lo dedicaba a Belaúnde, a quien le pedía reverdecer el viejo sueño. Pero ya era tarde. El San Cristóbal estaba poblado por los descendientes de los migrantes de los años 1940 y acaso Belaúnde creyese que el Inca, aunque no fuese católico, ya había llegado a lo alto.


(1) En la introducción al libro Rosa Limensis, del historiador Ramón Mujica Pinilla, el también historiador Josep Ignasi Saranyana dice que la santa tuvo visiones sobrenaturales que comunicó en confesión a miembros de la Compañía de Jesús. Por su lado, el sitio web del Arzobispado de Lima afirma que ella no hizo profecías apocalípticas o políticas, aunque admite que vaticinó la fundación del Monasterio de Santa Catalina de Siena, en Lima. De Santa Rosa se han conservado algunas cartas y unos dibujos, hallados en 1923, que hizo para graficar a uno de sus confesores “las experiencias íntimas de su vida espiritual”, a decir de Mujica Pinilla. Sin embargo, éste añade la posibilidad de la existencia de una autobiografía de Santa Rosa no hallada hasta el momento: “… a mediados de 1622 ya hay indicios de que los cuadernos autobiográficos de Rosa habrían sido secuestrados por el Santo Oficio de Lima y enviados a Madrid para ser evaluados por la Inquisición”. Así lo señala en Rosa Limensis, donde a continuación cita un documento hallado en el Archivo Histórico Nacional de España que, a la letra, menciona un: “libro manuscrito de la hermana rosa y (de las) calificaciones que a el se an dado que todo vino con carta del 4 de Mayo del año pasado de 1622. Se queda mirando y a su tiempo se os ordenara lo que devais haçer y entretanto consultad con el Iltmo. Sr Inquisidor General…”. ¿Será posible que ese manuscrito contenga las profecías tan temidas por los limeños?