En el artículo “Paulet”, aparecido recientemente en Escribirte, el científico argentino José Álvarez López (1914-2007) niega la aparente ausencia de científicos de primera línea en Latinoamérica y critica la idea muy difundida de que los científicos importantes son solamente oriundos del llamado Primer Mundo. Pone como ejemplo de lo contrario a Pedro Paulet, inventor de los motores a reacción. Pero, lo más saltante es que hace una conexión entre la obra del peruano y los cohetes Cóndor, de fabricación argentina, que empezaron a producirse en la década de los años 1980 y cuya producción se detuvo en 1991 por presiones de potencias extranjeras. “El paralelismo que quiero destacar en relación a la invención del ingeniero Paulet es la estructura química de su cohete que empleaba gasolina y peróxido de nitrógeno y el muy posterior desarrollo del proyecto argentino del cohete “Cóndor” que utilizaba como carburantes gasolina y ácido nítrico, es decir, dos proyectos semejantes pero con una distancia de varios decenios, hablan de una cohetería sudamericana “autóctona” que no ha llegado todavía a su punto final, porque como todos sabemos, nuestro magnífico proyecto Cóndor (un orgullo de la tecnología argentina) fue abortado por intereses internacionales.”El ingeniero Guillermo Descalzo amplía lo anterior en su sitio web: “Como confirmación de lo absolutamente desacertado de haber accedido a las peticiones internacionales para desactivar el proyecto (y algo más...), años después ha quedado en claro que Argentina no sólo no ha avanzado nada gracias a la decisión de desmantelar el Cóndor II, sino que gracias a Menem y a sus socios, nuestro país ha retrocedido AÑOS en el desarrollo aeroespacial.- Y si no me cree o ha oído las "explicaciones" del propio Menem o de sus secuaces Cavallo &cía., acuérdese de algo: como decimos en el campo, si a un negocio hay que explicarlo mucho... es porque tiene algo turbio.”
El aparente paralelismo que señala Álvarez López nos ha recordado que el 18 de abril de 1944, con motivo del vuelo considerado pionero de un avión a reacción por el Capitán inglés Frank Whittle, el diario bonaerense Crítica entrevistó a Pedro Paulet, Consejero Comercial de la Embajada del Perú en Argentina. En la entrevista, titulada “Hace 40 años un peruano, precursor de la moderna Aeronavegación, inventó el avión sin hélices”, Paulet dijo: “…en nuestros países sudamericanos la industria aeronáutica recién asoma; y a nuestro público no le interesan, en esta clase de asuntos, las teorías, sino los resultados prácticos. Así hubiera continuado viviendo de recuerdos silenciosamente esperando una ocasión propicia para construir y experimentar mi viejo “avión-torpedo”, si el reciente interés del público por el avión sin hélice del capitán Frank Whittle y otras “armas secretas” con propulsión por cohetes, no me hubiera parecido contrario a nuestra satisfacción patriótica, al ver que en tal celebrado progreso sólo se habla de inventores o teorizantes europeos o norteamericanos, sin que entre ellos aparezca ni un sudamericano, no obstante que en Sudamérica debe haber varios nativos que, como yo, hayan estudiado esta clase de problemas”.
Preocupación que no era nueva en Paulet. Desde inicios del siglo XX, propone la industrialización del Perú en numerosos artículos. Y en la carta del 7 de octubre de 1927 al diario El Comercio, donde dio a conocer su invento del Avión Torpedo, dice: “No es, pues, tanto para hacer notar que el proyecto del alemán Vallier ha sido precedido, treinta años antes y aún tal vez con experiencias más concluyentes, por el de un peruano, cuanto para llamar la atención de los técnicos de inventores de nuestro país sobre este importante asunto, es que me permito escribir la presente”.
Álvarez López nos lleva también a pensar si Paulet tuvo que ver con el desarrollo aeronáutico y aeroespacial que tuvo Argentina desde el gobierno de Juan Domingo Perón, que inicia en 1946. Abre también otros temas de reflexión. Pero lo dejamos ahí por el momento. A continuación el artículo “PAULET”.
La grandeza nacional genera un estado de orgullo para los habitantes de un país que no se conforma con la segura esperanza de un futuro brillante sino que requiere también, a lo que parece, un pasado glorioso.
Cuando Roma llegó al cenit de su poderío, bajo Octavio Augusto, no tenía poetas que cantaran sus glorias como los tenían los griegos, por ello Virgilio escribió la Eneida, creando así para su país la tradición del pasado legendario. En nuestros días los soviéticos, confrontados con el mundo anglosajón, necesitaban también héroes legendarios, pero hoy los hombres que dan lustre a un país ya no son, como ayer, semidioses ni guerreros, sino, simplemente, los hombres que han gestado el poder de las ciencias y las técnicas. Por ello los rusos, queriendo impulsar a su juventud al logro de nuevos hechos tecnológicos, revisaron su pasado tratando de descubrir intelectuales, científicos, inventores y formaron con ellos una lista que difiere de las que circulan en Occidente para gloria y pres de sus heroicos antepasados.
Puestos en esta tarea los rusos obtuvieron singulares éxitos y es así que demuestran que en 1920 el Ing. O. Lossev inventó el “Cristadino”, un dispositivo semiconductor idéntico a los “transistores” que recién en 1950 aparecieron en Occidente. En 1940 los rusos construían circuitos radiofónicos constituidos por un díodo túnel de zincita, idéntico a los que hoy se usan en electrónica.
Por ello cuando contemplamos el panorama hispanoamericano y pensamos en un posible glorioso futuro sentimos como una desilusión el no poder aportar nombres que hayan rubricado algo importante en el voluminoso libro de la ciencia. Nos queda el consuelo, y la alternativa, de poder aportar los nombres de numerosos humanistas que fueron escritores de fuste y grandiosos poetas. Con este antecedente la civilización hispanoamericana habría de ser una civilización basada en el arte, en valores estéticos, como sostenía el Conde de Keyserling.
Sin embargo no es así. Por increíble que pueda parecer los hispanoamericanos podemos aportar nombres muy importantes para la historia de la ciencia. No voy a mencionar los logros habidos en el camino de la medicina donde podemos acotar los trabajos del Dr. Agote, médico argentino, que hicieron posible la transfusión sanguínea, ni las investigaciones de nuestros tres Premios Nóbel (Houssay, Leloir y Milstein) que han abierto rutas para el mejoramiento de la salud. Voy a mencionar a importantes técnicos que se adelantaron en muchas décadas a los progresos obtenidos por sus pares del hemisferio Norte.
Será, así, una sorpresa para todos el enterarse que el origen de la moderna cohetería no estuvo a cargo ni del ruso Tsiulkowsky (1905) ni del norteamericano R. H. Goddard (1916), ni del alemán Hermann Oberth (1923) sino que el primer cohete espacial que funcionó en el mundo fue la obra del ingeniero peruano Pedro E. Paulet, quien en 1895 construyó e hizo funcionar el primer cohete a combustible líquido que tenía una fuerza propulsiva superior a los 100 kilogramos. EL cohete de Paulet funcionaba con gasolina como combustible y peróxido de nitrógeno como carburante. Los líquidos llegaban por dos conductos simétricos a una tobera con cámara de expansión y dispositivos eléctricos de encendido automático. El cohete de Paulet fue el prototipo que con diversas variantes después fueron copiando los sucesivos inventores de esta moderna rama de la tecnología.
Como era de esperar, el cohete de Paulet no tuvo ningún eco en su propio país. Al extremo de que en 1970 –en plena Era Espacial– remití un artículo sobre este tema a Don Fortunato Carranza (rector de la Universidad de San Marcos) quien no logró su publicación por los diarios de Lima. Si hoy conocemos las fotografías y detalles constructivos de la invención del Ing. Paulet es por publicaciones norteamericanas que, con toda probidad científica, se han hecho eco del notable y temprano logro del ingeniero peruano (G.P. Sutton. Rocket Propulsion, New York 1956).
Pero hay un curioso paralelismo en la historia de las invenciones pues todos los inventos fueron patentados simultáneamente en diversos lugares. Un recuerdo importante es el caso de la Teoría de la Relatividad que fue publicada en el mismo día por Einstein en Alemania y por Poincaré en Francia. Esta simultaneidad llega al extremo de que los franceses la llaman “Teoría de la Relatividad de Poincaré–Einstein”.
Pero el caso “récord” de simultaneidad lo registra la invención del teléfono pues en el mismo día se presentaron tres patentes de invención para el teléfono que fue ganada por Graham Bell con diferencia de pocas horas sobre sus simultáneos contendientes.
El paralelismo que quiero destacar en relación a la invención del ingeniero Paulet es la estructura química de su cohete que empleaba gasolina y peróxido de nitrógeno y el muy posterior desarrollo del proyecto argentino del cohete “Cóndor” que utilizaba como carburantes gasolina y ácido nítrico, es decir, dos proyectos semejantes pero con una distancia de varios decenios, hablan de una cohetería sudamericana “autóctona” que no ha llegado todavía a su punto final, porque como todos sabemos, nuestro magnífico proyecto Cóndor (un orgullo de la tecnología argentina) fue abortado por intereses internacionales.
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