Ragtime, de Milos Forman (1981), es una de mis películas favoritas y referencia para los últimos trabajos que hago -que sin querer, abarcan desde mediados del siglo XIX hasta inicios del XX-. El ragtime, según una nota a la edición castellana de la novela de E.L. Doctorow (1976), le dio al jazz "un sentido crucial de melodía, de forma y, probablemente, de armonía. (...) El periodo de mayor popularidad de este género puede situarse en los primeros años de nuestro siglo, hasta 1920". Me gusta todo en esa película. Hace pocos años, por el Centro de Lima, hallé la novela en los libros usados. La abrí en una página al azar y mencionaba a la novedosa aeronáutica. La compré. Una parte de la novela es lo que sigue.
"Houdini comenzó su gira europea en el Teatro Hansa de Hamburgo. El público mostró entusiasmo. Jamás había sentido tal sentimiento de insatisfacción. Se preguntaba por qué había dedicado su vida al espectáculo. El público le aplaudía. Después de cada número, siempre había una pequeña multitud junto a la puerta del escenario. Era muy breve con ellos. Luego, un día asistió a una exhibición pública de una máquina voladora de fabricación francesa. Era un Voisin, un bello biplano con alas encajonadas, palanca para el timón y tres ruedas de bicicleta delicadamente reforzadas. El aviador voló sobre una pista, aterrizó luego en el campo adyacente y, al día siguiente, los periódicos hablaron de la hazaña. Houdini actuó de manera decisiva. Antes de una semana ya era propietario de un nuevo biplano Voisin. Le había costado cinco mil dólares. Le llegó completo, junto con un mecánico francés que le dio instrucciones sobre el arte de volar. Consiguió que le dejaran practicar en unos campos para desfiles militares, en las afueras de Hamburgo. En todos los países donde había actuado, siempre se había entendido muy bien con los militares. Soldados de todos los sitios eran sus admiradores. Cada mañana, al amanecer, se dirigía en coche hasta los campos de desfiles y se instalaba frente a los controles del Voisin, mientras el mecánico francés le enseñaba el funcionamiento y destino de las palancas y pedales al alcance del piloto. La dirección del avión consistía en una gran rueda de timón montada en posición vertical y unida mediante un eje a la palanca del timón frontal. El piloto se instalaba detrás de la palanca del timón frontal, en un pequeño asiento situado entre las dos alas. Tras el piloto estaba el motor y, tras éste, la hélice. El Voisin era todo de madera. Las alas estaban recubiertas con una tela muy tensa y barnizada, al igual que las columnas que enlazaban las dobles alas. El Voisin parecía una cometa atmosférica. Houdini hizo que pintaran su nombre con letras mayúsculas en los cuadros exteriores de las alas y en los elevadores traseros. Apenas si tenía paciencia para esperar el momento de su vuelo. El reposado mecánico le instruyó en las diversas operaciones requeridas para hacer subir el artefacto, mantenerlo volando y aterrizar. Cada noche, Houdini llevaba a cabo su actuación, y cada mañana, al amanecer, salía para sus clases. Finalmente, una mañana, cuando el horizonte rojizo estaba claro y el mecánico consideró que las condiciones del viento eran las buenas, empujaron el artefacto fuera de su cobertizo y lo encararon a la brisa. Houdini subió al asiento del piloto, se puso la gorra al revés y se la bajó, dejándola apretada. Empuñó los mandos. Sus ojos empequeñecieron de concentración, fijó la palanca con firmeza y volvió la cabeza para hacer un signo afirmativo al mecánico, quien hizo girar la hélice. El motor se puso en marcha. Era un Enfield de 80 caballos, supuestamente mejor que el utilizado por los propios Wright. Sin apenas atreverse a respirar, Houdini paró el motor, lo puso de nuevo en marcha, lo paró. Finalmente levantó el pulgar. El mecánico se metió bajo las alas y apartó las cuñas de las ruedas. El aparato avanzó con lentitud. Houdini respiró más y más rápido a medida que el Voisin adquiría velocidad. Muy pronto estuvo dando tumbos por el campo y pudo sentir que las alas tenían inteligencia propia, como si una presencia incorpórea formara parte de la empresa. El ingenio se levantó de tierra. Houdini creyó estar soñando. Tuvo que frenar sus emociones con gran fuerza de voluntad, comportándose con austeridad para mantener el nivel de las alas, para mantener constantemente el regulador en consonancia con la velocidad de vuelo. ¡Estaba volando! Sus pies movían los pedales, trabó la palanca de control y, suavemente, la palanca de timón que tenía frente a sí descendió, mientras el aparato subía hacia el cielo. Se atrevió a mirar hacia abajo: tenía la tierra a sus pies, quince metros debajo suyo. Ya no percibía el ruido del motor tras su oreja. Sintió el viento en su cara y descubrió que estaba gritando. Los cables parecían cantar. Las grandes alas, encima y debajo de él, subían y bajaban como si jugaran en el aire con su increíble inteligencia. Las ruedas de bicicleta giraban lentamente, perezosamente en la brisa. Volaba sobre un pequeño bosque. Al ganar confianza, puso el aparato en una maniobra difícil, un viraje. El Voisin trazó un amplio círculo alrededor de los campos de desfiles. Luego pudo ver al mecánico de pie, a lo lejos, junto al cobertizo, levantando las dos manos en un saludo. Fríamente, Houdini bajó las alas, se deslizó en la brisa y empezó a descender. En el momento en que las ruedas tocaron tierra, la dureza del choque le molestó. Pero cuando el aparato recorrió unos metros y se paró, lo único que deseaba era volar de nuevo.
Cierta mañana, después de un vuelo, Houdini transportó su avión al cobertizo y advirtió la presencia de un coche, un Mercedes, con tres oficiales del Ejército Imperial Alemán. Antes de que pudiera bajar, su amigo el comandante se apeó del asiento delantero del coche, le saludó y le pidió de manera muy protocolaria si le importaría sacar de nuevo el Voisin para un vuelo de exhibición. Houdini miró a los dos hombres de mayor edad, con muchas medallas, sentados en la parte trasera del coche. Le saludaron con la cabeza. Sentado con actitud atenta en el asiento delantero, junto al conductor, se encontraba un hombre con un yelmo claveteado y con una carabina cruzándole el halda. En este preciso momento, un landó marca Daimler y un carruaje para pasajeros avanzaron lentamente y se colocaron delante del coche de los oficiales. Sus adornos de latón estaban tan limpios qu
e incluso brillaban y los radios de madera blanca de sus ruedas también estaban limpísimos. Una banderita ribeteada en oro y que indicaba el rango se agitaba en el guardabarros derecho de la parte delantera. Houdini no pudo distinguir al ocupante del coche. Naturalmente, respondió. Ordenó a su mecánico que le llenara de nuevo el depósito de combustible y, en unos minutos, ya estaba en el aire otra vez, trazando sublimes virajes de gran amplitud sobre el campo. Intentó imaginar qué aspecto tendría visto desde abajo. Sintió la emoción que llevaba a cabo. Aleteó encima de los coches a una altura de treinta metros y lo hizo de nuevo a quince metros, moviendo ligeramente el aparato y saludando con la mano. Voló para quienquiera que se encontrara dentro del coche blanco.
Al aterrizar le escoltaron hasta el inmenso Daimler. El chófer abrió la puerta y se puso en posición de firmes. Sentado en el coche se encontraba el archiduque Francisco Fernando, el heredero del trono austro-húngaro. El archiduque lucía el uniforme de mariscal de campo del Ejército austríaco. Sostenía en la curva de su brazo un yelmo emplumado. Llevaba el pelo muy corto y aplanado en la parte superior de la cabeza, como un cepillo. Lucía largos bigotes engomados que se cu
rvaban hacia arriba. Contempló a Houdini con ojos estúpidos de pestañas muy pobladas. Junto a él se encontraba su esposa, la condesa Sofía, una regia matrona que bostezaba delicadamente tras de su mano enguantada. El archiduque Francisco Fernando no parecía tener idea de quién era Houdini. Le felicitó por la invención del aeroplano."
Tomado de: "Ragtime", de E.L. Doctorow