En la segunda parte de Iniciación a la Astronáutica, publicado originalmente en el diario La Vanguardia Española del 8 de abril de 1970, Pedro Mateu Sancho se ocupa de los precursores de la era espacial. Atención a lo que dice en esa época de la Guerra Fría sobre nuestro Pedro Paulet, de quien publicamos aquí una foto inédita, en la mesa directiva de la Sociedad de Ingenieros del Perú (1910). Paulet es el del extremo derecho.Los «Padres» de la Astronavegación
Rusia y Estados Unidos comparten el honor de ser la cuna de los científicos que más han influido en el desarrollo de la Astronáutica.
«La humanidad no permanecerá eternamente en la Tierra», fueron las palabras proféticas de un oscuro maestro de escuela ruso que, aquejado de sordera y arrastrando una vida llena de privaciones, se ocupaba desde un pequeño pueblo de la región de Tula en sentar los principios de la Astronáutica. Se llamaba Constantin Eduardowich Tsiolkowsky. Hoy en día nadie discute el que este autodidacta, que consagró su vida al estudio de los viajes interplanetarios, fuera el primero en establecer las bases sobre las que se asienta la Astronáutica.
Nació en 1857 y su vida fue humilde y desconcertante. Porque desconcertante y genial a la vez es que, cuando en América los hermanos Wright se preparaban para efectuar su primer vuelo, Tsiolkowsky hubiera terminado ya su obra «La exploración del espacio cósmico por aparatos a reacción » y continuara siendo un desconocido, no digamos ya en el extranjero, sino también en su propio país.
En aquella época había estudiado ya el comportamiento del motor cohete en el espacio, la razón de masas, la purificación y regeneración del aire dentro de las cápsulas estancas, llegando a la conclusión de que sólo los grandes empujes sólo pueden alcanzarse por medio de combustibles líquidos. Aunque jamás debía ver elevarse un cohete de este tipo, sus teorías tuvieron confirmación en 1926, nueve años antes de su muerte, cuando el norteamericano Goddard hizo volar en Auburn, Massachussetts, el primer cohete líquido.
Los experimentos de Goddard
Robert H. Goddard debía consagrar 40 años a experimentar con cohetes. Había nacido en Massachusétts, en 1892. En 1906, mientras estudiaba en Worcester, empezó sus experimentos con cohetes trabajando en un laboratorio del sótano de la escuela. En 1919, su memoria de 69 páginas, titulada «Un método para alcanzar grandes alturas», atrajo la atención de la Prensa, no por su valor en sí, sino por una parte de la obra en que estudiaba la posibilidad de disparar un cohete a la Luna y hacer explotar en su superficie una carga de pólvora.
Pero lo importante estriba en que el profesor norteamericano estaba ya a punto de iniciar los experimentos que debían darle entrada en el grupo de «Padres» de la Astronáutica. El 16 de marzo de 1926 disparaba el primer cohete de combustible líquido. El éxito abría las puertas a la compleja y espectacular tecnología de los líquidos. Tres años más tarde, lanzó el primer cohete provisto de instrumentos, un termómetro, un barómetro y una pequeña cámara que debía fotografiar la lectura de los instrumentos a la máxima altitud. Continuó sus pruebas en los espacios abiertos en una zona casi despoblada de Nuevo Méjico. Se le llamó «el misterioso profesor» y se le atribuyeron proyectos muchos más fantásticos de los que llevó en realidad a cabo en su fecunda vida científica.
Falleció en 1945, después de haber podido comprobar los estragos que ocasionaron las V-2 durante la Segunda Guerra Mundial. Obviamente, no tuvo nada que ver en su fabricación, pero no olvidemos que las V-2 ¡llevaban motores de combustible líquido!
Oberth: El genial maestro de Von Braun
De los «Padres” de la Astronáutica queda uno con vida. Nos referimos al rumano Hermann Oberth, que nació en Hermannstadt, el 26 de junio de 1894 y con quien hemos tenido ocasión de departir varias veces. Como dijo en su trabajo presentado en el Primer Simposium sobre Historia de la Astronáutica, celebrado durante el XVIII Congreso de la IAF en Belgrado, leyó a Julio Verne cuando sólo tenía once años. La idea de viajar por el espacio le fascinaba, pero las dificultades económicas no le permitieron dedicarse a la experimentación. Se dedicó a estudiar la teoría del lanzamiento de cohetes. Nadie antes que él había profundizado en estos estudios. El resultado fue la tesis doctoral que presentó en 1923 bajo el título «Die Rakete zu den Planeten raümen» («Los cohetes hacia los espacios interplanetarios»).
La obra empieza con unos postulados del autor, totalmente vigentes hoy en día:
1.°) En el estado actual de la ciencia y de la técnica, es posible construir aparatos capaces de elevarse más allá de la atmósfera terrestre.
2.°) Un perfeccionamiento ulterior permitirá alcanzar, velocidades tales que, si se les deja recorrer su trayectoria propia en el espacio, no volverán a la Tierra y podrán escapar a la influencia de la atracción terrestre.
3.°) Estos aparatos pueden construirse de modo que vayan tripulados por hombres (muy probablemente, sin peligro para ellos).
4.°) La construcción de estos aparatos puede ser efectiva; en determinadas condiciones, podrán lograrse dentro de algunos decenios.
Hermann Oberth demostró matemáticamente a continuación estos postulados. No hay duda que fue un verdadero profeta. Por medio de la velocidad de crucero óptima, mejores condiciones de propulsión y vuelo de crucero, etc., mostró las trayectorias más ventajosas en el espacio, la utilización de cohetes de varias etapas y las relaciones de masa más adecuadas, la mejor utilización de combustibles líquidos, etc.
En su retiro de Hannover, en donde reside actualmente, continúa laborando en favor de la Astronáutica. Su paso por Norteamérica, después de la Segunda Guerra Mundial, fue fugaz y sólo a requerimiento de uno de sus discípulos: Wernher Braun.
Francia y Perú
Francia tiene también el honor de contar con uno de los «Padres» de la Astronáutica. Nos referimos a Robert Esnault-Pelteire. Nació en París, el 8 de noviembre de 1881, y fue pionero de la aviación. Dio cima a sus estudios sobre los viajes cósmicos con una conferencia en La Sorbona que, bajo el título «La exploración por cohetes de la alta atmósfera y la posibilidad de los viajes interplanetarios», apareció en forma de un libro en 1930. Pelterie fue el primero, o uno de los primeros, en vaticinar el empleo de la energía nuclear para la propulsión de cohetes.
Aunque no se incluya generalmente entre la lista de los precursores, dejemos constancia de los trabajos del ingeniero peruano P. R. Paulet, que en 1895 empezó a trabajar con cohetes que funcionaban a base de la combustión del óxido nítrico y bencina. Para la época, obtuvo notables resultados. Con un cohete de 2,5 Kg. de peso, alcanzó un empuje de 90 Kg. Los experimentos resultaban muy peligrosos y hubo de abandonarlos al cabo, de dos años. Obsérvese que Paulet fue contemporáneo de Tsiólkowsky. A nuestro entender, la personalidad de Paulet como precursor ha sido muy poco valorada. Es un error que debería subsanarse.
Pedro MATEU SANCHO
Presidente de la Agrupación Astronáutica Española
(Del libro «Iniciación a la Astronáutica» Ed. Oikos-Tau.)