Mateu Sancho reconoce en esta tercera entrega el importantísimo papel de Alemania y de Max Valier en la era espacial. No llega a ser tan enfático como el alemán Alfred Fritz, quien en 1960 escribió: “Sólo en Alemania hubo un asombroso desarrollo en el campo de la cohetería espacial a partir del documento de Oberth”. Hablaba del libro "Los cohetes hacia el espacio interplanetario" (1923), donde Hermann Oberth probaba matemáticamente que los motores de combustible líquido harían posible los viajes espaciales. Fritz concluía: “El mérito inobjetable de haber iniciado esto se atribuye a Max Valier”. Valgan verdades, le faltó decir que Valier consideraba a Paulet como el pionero de la era espacial y le faltó hablar del rol que jugó el peruano en esos años en Alemania para la consecución de los cohetes líquidos. Sólo unos años después, Fritz lo reconocería como precursor. Y Mateu Sancho haría lo propio, esta vez sí de manera enfática. Vale la pena repetir sus palabras de la entrega anterior: “A nuestro entender, la personalidad de Paulet como precursor ha sido muy poco valorada. Es un error que debería subsanarse”. Puesto que el error subsiste hasta hoy, estamos entregados a esa tarea. El nombre de Valier ya brilla en la Luna. Pero no el de Paulet. Esperamos todavía el apoyo del Estado Peruano.
De 1930 hasta el «Sputnik I
A Alemania debe reservársele un sitio de honor entre las naciones que se preocupan de la Astronáutica. ¡Lástima que parte del esfuerzo cuajase en forma de un arma de guerra, la «V-2»! Desde 1930 se observa en Alemania una intensificación de la experimentación con cohetes, en particular sólidos. Otro precursor, Max Valier, asociado a Von Opel, construye motores cohete que adapta a coches, con lo que obtiene velocidades del orden de 300 kilómetros por hora. Un día estalla un motor y Valier fallece. La consternación invade el mundillo astronáutico, en el cual, figuras de la talla de Oberth, Willy Ley, Winkler, Von Pirquet y, más tarde, Von Braun, se habían unido para fundar la célebre «Verein für Raumschiffahrt» (Sociedad de Astronáutica). Desde 1932, las investigaciones sobre motores cohete empiezan a tener una protección estatal y en el campo de pruebas de Kummersdorf comienzan a desarrollarse experimentos con cohetes líquidos bajo la dirección de un grupo de expertos, en el que figuraban todos los que debían verse más tarde en la base de Peenemünde, obligados a abandonar sus sueños interplanetarios en aras a conseguir un cohete bélico. En estos años empezó a desarrollarse la personalidad del científico alemán, hoy ciudadano norteamericano, que debía dar a la Astronáutica un impulso definitivo: Wernher von Braun.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, una buena parte de los científicos de Peenemünde pasaron a Norteamérica, en donde, desgraciadamente, no se utilizaron sus servicios más que en pequeña parte. Norteamérica quería dar ejemplo de nación no bélica y los cohetes eran para la opinión pública símbolo de destrucción. No pasó lo mismo en Rusia, de aquí la ventaja inicial de la Unión Soviética en la carrera hacia el espacio.
A pesar de ello, se hicieron en Norteamérica diversas pruebas con las «V-2» alemanas capturadas, y con ello aumentaron sus conocimientos acerca de la tecnología de los cohetes de combustible líquido. El 29 de febrero de 1949, científicos americanos lanzaron en White Sands, Nueva Méjico, una «V-2» alemana con un segundo cohete acoplado, el «WAC-Corporal», fabricado por los americanos, que alcanzó una altura de 404 kilómetros. Casi simultáneamente, fueron desarrollados los cohetes de sondeo «Aerobee» y «Viking» para investigaciones atmosféricas a gran altura.
Más tarde, fueron naciendo modelos más complejos, que se podían adaptar a misiones espaciales. Entre ellos, el «Redstone», «Júpiter», «Thor» y «Atlas». En 1955, los Estados Unidos y la Unión Soviética habían iniciado programas para lanzar satélites durante el Año Geofísico Internacional, que tendría efecto desde julio de 1957 hasta diciembre de 1958.
El 4 de octubre de 1957, la Unión Soviética lanzó el primer satélite artificial de la Tierra, el «Sputnik I». El 31 de enero de 1958, los Estados Unidos lanzaron también su primer satélite, el «Explorer I».
El mundo había entrado en la «Era del Espacio».
LOS PRIMEROS AÑOS DE LA ERA DEL ESPACIO»
Con el lanzamiento del «Sputnik I» se abrió la etapa más importante de la historia humana, la etapa que sin duda llevará al hombre rumbo a otros astros, en muchos de los cuales acabará por residir. La idea puede parecer un poco avanzada, pero nadie puede hoy en día negar esta posibilidad.
Hay mucha gente que se pregunta el porqué de este enorme despliegue económico de la Astronáutica. ¿Por qué ir a la Luna si en la Tierra aún hay millones de seres hambrientos? La respuesta está en que el desarrollo de la Astronáutica no es ni mucho menos un programa deportivo. Las ventajas que la Investigación espacial ha reportado en casi todas las ramas de la técnica son enormes.
Es de dominio público que gracias a los satélites meteorológicos se han obtenido millones de fotografías de las capas de nubes y se han podido prever ciclones y tifones, lo que ha salvado innumerables vidas, a pesar de que el satélite meteorológico está aún en su Infancia.
Los satélites geodésicos han trazado mapas concretos de la superficie terrestre. Respecto a las comunicaciones, todo telespectador ha comprobado los avances de la «Mundo-Visión», etcétera.
Hay muy poca gente que se da cuenta de la cantidad de productos y subproductos que se derivan de las Investigaciones del espacio. La NASA ha confeccionado una lista de 1.200 productos o técnicas que hace diez años no existían.
Lo expuesto bastaría para contestar cabalmente a la pregunta sobre la utilidad de lo llevado a cabo estos diez últimos años. Pero hay otra cuestión. El hombre de la calle se pregunta: ¿De qué servirá colonizar la Luna, explorar el planeta Marte, o saber si el hombre puede sobrevivir durante meses o años en el espacio?
La respuesta, que no es nuestra sino del doctor J.E. Naugle, administrador adjunto de la NASA, es muy ilustrativa: «la historia de la electricidad».
«Es difícil —dice Naugle— imaginar algo que haya tenido una repercusión más decisiva en la vida del hombre que la electricidad».
Desde el punto de vista de sus aplicaciones prácticas, la electricidad es una realización relativamente reciente, que no ha cuajado hasta después de años de reflexiones, experiencias y compilación de datos, aparentemente sin utilidad.»
Pero, hasta finales del siglo pasado, la mayor parte de los científicos no encontraban ninguna utilidad en la electricidad, que solamente presentaba a sus ojos un interés teórico. Durante decenas de siglos el hombre había recogido innumerables conocimientos a ritmo lentísimo. Edison obtuvo finalmente la lámpara incandescente y organizó el primer sistema de distribución de la electricidad. Alexander Graham Bell aplicó la electricidad a la transmisión de la palabra y Marconi a la telegrafía. Más tarde, el catálogo de aplicaciones de la electricidad tendría ya el tamaño de una guía telefónica, yendo del betatrón a la más insignificante maquinilla de afeitar.
En la investigación espacial se está obteniendo un caudal enorme de conocimientos científicos, pero no con la lenta cadencia del caso de la energía eléctrica, sino a un ritmo increíble, incluso a los ojos de los que están más vinculados a la más ambiciosa empresa del hombre.
El espacio ha creado problemas de un orden enteramente nuevo, con el imperativo de progresos técnicos prodigiosos en un lapso de tiempo ilimitado. Podemos hacernos una idea de este progreso comparando solamente los logros de hace unos años con los de hoy:
— El primer satélite americano, el «Explorer I», tenía 15 cm. de diámetro, pesaba 14 kilogramos y llevaba tres simples aparatos científicos.
— El actual observatorio geofísico en órbita, mide 15 metros, pesa más de media tonelada, y lleva 90 kilogramos de instrumentos.
— La primera sonda profunda americana, el «Pioneer I», lanzada en 1958, alcanzó solamente 112.500 kilómetros.
Sólo seis años más tarde, el «Mariner IV» recorrió 523 millones de kilómetros hasta llegar a Marte.
— El vehículo de lanzamiento que puso a Glenn en órbita, tenía un empuje de 34 toneladas.
El «Saturno V», tiene 3.400 toneladas.
— Las cápsulas «Mercurio», como la de Gleen, pesaban 1.400 kilogramos y aseguraban al astronauta un mantenimiento de tres días.
Las cápsulas "Apolo», en su versión lunar, pesan más de 40.000 kilogramos y son más de cuatro veces mayores. Asegura a tres hombres un mantenimiento de 14 días. En versiones posteriores, se llegará a los 45 días. El Programa Apolo es una de las realizaciones más complejas llevadas a cabo por el hombre.
La «Era del «Espacio» ha hecho avanzar a la técnica en miles de direcciones. Pero, el verdadero éxito de estos últimos años de progreso increíble, ha sido obligar a la ciencia y a la técnica, la una en pos de la otra, a franquear novísimas fronteras.
Pedro MATEU SANCHO
Presidente de la Agrupación Astronáutica Española.
Del libro «Iniciación a la Astronáutica». [Ed. Oikos - Tau)
(Los anteriores artículos de esta serie fueron publicados los días 3 y 8 del corriente mes).
De 1930 hasta el «Sputnik I
A Alemania debe reservársele un sitio de honor entre las naciones que se preocupan de la Astronáutica. ¡Lástima que parte del esfuerzo cuajase en forma de un arma de guerra, la «V-2»! Desde 1930 se observa en Alemania una intensificación de la experimentación con cohetes, en particular sólidos. Otro precursor, Max Valier, asociado a Von Opel, construye motores cohete que adapta a coches, con lo que obtiene velocidades del orden de 300 kilómetros por hora. Un día estalla un motor y Valier fallece. La consternación invade el mundillo astronáutico, en el cual, figuras de la talla de Oberth, Willy Ley, Winkler, Von Pirquet y, más tarde, Von Braun, se habían unido para fundar la célebre «Verein für Raumschiffahrt» (Sociedad de Astronáutica). Desde 1932, las investigaciones sobre motores cohete empiezan a tener una protección estatal y en el campo de pruebas de Kummersdorf comienzan a desarrollarse experimentos con cohetes líquidos bajo la dirección de un grupo de expertos, en el que figuraban todos los que debían verse más tarde en la base de Peenemünde, obligados a abandonar sus sueños interplanetarios en aras a conseguir un cohete bélico. En estos años empezó a desarrollarse la personalidad del científico alemán, hoy ciudadano norteamericano, que debía dar a la Astronáutica un impulso definitivo: Wernher von Braun.Al final de la Segunda Guerra Mundial, una buena parte de los científicos de Peenemünde pasaron a Norteamérica, en donde, desgraciadamente, no se utilizaron sus servicios más que en pequeña parte. Norteamérica quería dar ejemplo de nación no bélica y los cohetes eran para la opinión pública símbolo de destrucción. No pasó lo mismo en Rusia, de aquí la ventaja inicial de la Unión Soviética en la carrera hacia el espacio.
A pesar de ello, se hicieron en Norteamérica diversas pruebas con las «V-2» alemanas capturadas, y con ello aumentaron sus conocimientos acerca de la tecnología de los cohetes de combustible líquido. El 29 de febrero de 1949, científicos americanos lanzaron en White Sands, Nueva Méjico, una «V-2» alemana con un segundo cohete acoplado, el «WAC-Corporal», fabricado por los americanos, que alcanzó una altura de 404 kilómetros. Casi simultáneamente, fueron desarrollados los cohetes de sondeo «Aerobee» y «Viking» para investigaciones atmosféricas a gran altura.
Más tarde, fueron naciendo modelos más complejos, que se podían adaptar a misiones espaciales. Entre ellos, el «Redstone», «Júpiter», «Thor» y «Atlas». En 1955, los Estados Unidos y la Unión Soviética habían iniciado programas para lanzar satélites durante el Año Geofísico Internacional, que tendría efecto desde julio de 1957 hasta diciembre de 1958.
El 4 de octubre de 1957, la Unión Soviética lanzó el primer satélite artificial de la Tierra, el «Sputnik I». El 31 de enero de 1958, los Estados Unidos lanzaron también su primer satélite, el «Explorer I».
El mundo había entrado en la «Era del Espacio».
LOS PRIMEROS AÑOS DE LA ERA DEL ESPACIO»
Con el lanzamiento del «Sputnik I» se abrió la etapa más importante de la historia humana, la etapa que sin duda llevará al hombre rumbo a otros astros, en muchos de los cuales acabará por residir. La idea puede parecer un poco avanzada, pero nadie puede hoy en día negar esta posibilidad.
Hay mucha gente que se pregunta el porqué de este enorme despliegue económico de la Astronáutica. ¿Por qué ir a la Luna si en la Tierra aún hay millones de seres hambrientos? La respuesta está en que el desarrollo de la Astronáutica no es ni mucho menos un programa deportivo. Las ventajas que la Investigación espacial ha reportado en casi todas las ramas de la técnica son enormes.
Es de dominio público que gracias a los satélites meteorológicos se han obtenido millones de fotografías de las capas de nubes y se han podido prever ciclones y tifones, lo que ha salvado innumerables vidas, a pesar de que el satélite meteorológico está aún en su Infancia.
Los satélites geodésicos han trazado mapas concretos de la superficie terrestre. Respecto a las comunicaciones, todo telespectador ha comprobado los avances de la «Mundo-Visión», etcétera.
Hay muy poca gente que se da cuenta de la cantidad de productos y subproductos que se derivan de las Investigaciones del espacio. La NASA ha confeccionado una lista de 1.200 productos o técnicas que hace diez años no existían.
Lo expuesto bastaría para contestar cabalmente a la pregunta sobre la utilidad de lo llevado a cabo estos diez últimos años. Pero hay otra cuestión. El hombre de la calle se pregunta: ¿De qué servirá colonizar la Luna, explorar el planeta Marte, o saber si el hombre puede sobrevivir durante meses o años en el espacio?
La respuesta, que no es nuestra sino del doctor J.E. Naugle, administrador adjunto de la NASA, es muy ilustrativa: «la historia de la electricidad».
«Es difícil —dice Naugle— imaginar algo que haya tenido una repercusión más decisiva en la vida del hombre que la electricidad».
Desde el punto de vista de sus aplicaciones prácticas, la electricidad es una realización relativamente reciente, que no ha cuajado hasta después de años de reflexiones, experiencias y compilación de datos, aparentemente sin utilidad.»
Pero, hasta finales del siglo pasado, la mayor parte de los científicos no encontraban ninguna utilidad en la electricidad, que solamente presentaba a sus ojos un interés teórico. Durante decenas de siglos el hombre había recogido innumerables conocimientos a ritmo lentísimo. Edison obtuvo finalmente la lámpara incandescente y organizó el primer sistema de distribución de la electricidad. Alexander Graham Bell aplicó la electricidad a la transmisión de la palabra y Marconi a la telegrafía. Más tarde, el catálogo de aplicaciones de la electricidad tendría ya el tamaño de una guía telefónica, yendo del betatrón a la más insignificante maquinilla de afeitar.
En la investigación espacial se está obteniendo un caudal enorme de conocimientos científicos, pero no con la lenta cadencia del caso de la energía eléctrica, sino a un ritmo increíble, incluso a los ojos de los que están más vinculados a la más ambiciosa empresa del hombre.
El espacio ha creado problemas de un orden enteramente nuevo, con el imperativo de progresos técnicos prodigiosos en un lapso de tiempo ilimitado. Podemos hacernos una idea de este progreso comparando solamente los logros de hace unos años con los de hoy:
— El primer satélite americano, el «Explorer I», tenía 15 cm. de diámetro, pesaba 14 kilogramos y llevaba tres simples aparatos científicos.
— El actual observatorio geofísico en órbita, mide 15 metros, pesa más de media tonelada, y lleva 90 kilogramos de instrumentos.
— La primera sonda profunda americana, el «Pioneer I», lanzada en 1958, alcanzó solamente 112.500 kilómetros.
Sólo seis años más tarde, el «Mariner IV» recorrió 523 millones de kilómetros hasta llegar a Marte.
— El vehículo de lanzamiento que puso a Glenn en órbita, tenía un empuje de 34 toneladas.
El «Saturno V», tiene 3.400 toneladas.
— Las cápsulas «Mercurio», como la de Gleen, pesaban 1.400 kilogramos y aseguraban al astronauta un mantenimiento de tres días.
Las cápsulas "Apolo», en su versión lunar, pesan más de 40.000 kilogramos y son más de cuatro veces mayores. Asegura a tres hombres un mantenimiento de 14 días. En versiones posteriores, se llegará a los 45 días. El Programa Apolo es una de las realizaciones más complejas llevadas a cabo por el hombre.
La «Era del «Espacio» ha hecho avanzar a la técnica en miles de direcciones. Pero, el verdadero éxito de estos últimos años de progreso increíble, ha sido obligar a la ciencia y a la técnica, la una en pos de la otra, a franquear novísimas fronteras.
Pedro MATEU SANCHO
Presidente de la Agrupación Astronáutica Española.
Del libro «Iniciación a la Astronáutica». [Ed. Oikos - Tau)
(Los anteriores artículos de esta serie fueron publicados los días 3 y 8 del corriente mes).