jueves, 2 de septiembre de 2010

Santa Rosa de Lima y Pedro Paulet

"La celebridad peruana más indiscutible e histórica en el mundo es seguramente Santa Rosa de Lima. Doquier se encuentra su culto en las poblaciones cristianas o en parte cristianas; y es muy conmovedor para un peruano hallar ingenuas imágenes y el nombre de esa compatriota en lugares tan apartados como Escandinavia y el Japón. Pero es particularmente en toda América, desde Alaska hasta Patagonia, que ese culto se mantiene, vívido y destellante, en millones de hogares y en millares de templos, a través de ya más de veinte generaciones", escribió Pedro Paulet en 1933.

Si bien sabemos que Paulet era un fervoroso católico, no deja de llamar la atención su interés por construir una basílica en homenaje a la santa, en especial por el aspecto "fantástico" de ésta. Así como hay indicios para creer que sí hizo profecías, hay autores que sostienen que el cerro San Cristóbal es un punto energético, como hay varios otros en el Perú. La asociación entre El Callao y las profecías de la santa en la novela
Lima de aquí a cien años, aunque indirecta, es como un guiño de su autor, quien era masón, para mayores señas. ¿Estaban Paulet, y acaso Fernando Belaúnde, al tanto de esto? ¿Verdaderamente en esa novela está la inspiración futurista de Paulet, como cree el arquitecto Wiley Ludeña?

Podría sonar excéntrico plantear que un hombre de ciencia como Paulet cultivase en profundidad su lado, digamos, místico. Pero no sería el primer caso y contamos con indicios para proponerlo, al menos como hipótesis. Nos ocuparemos de eso pronto. Por ahora, publicamos un perfil de Santa Rosa, a cargo de la escritora Rocío Silva Santisteban, quien se aproxima al lado místico de aquella y cuenta cuando el Santo Oficio le siguió un proceso -
así como a otras religiosas contemporáneas a ella- por "exageraciones que rozaban la herejía".

Mortificada por dulce violencia
Santa Rosa de Lima

Mística, defensora de la extirpación de idolatrías y del culto a los iconos y al mismo tiempo imagen sagrada dentro de la mitología indígena, criolla, embanderada de la nacionalidad peruana, virgen astrea y virgen popular, luchadora contra corsarios y piratas: todas estas son imágenes de la santa limeña pero existen muchas más. Esta vez sondeamos los laberintos de sus tormentos bajo la luz de las ideas religiosas de su tiempo.

La ascesis mística

Si se juzgan los martirios de Santa Rosa desde nuestra visión occidental y moderna de la vida y el cuerpo, fácilmente podríamos encasillarla como un caso patológico: psicótica sadomasoquista que se autoflagelaba y sometía a martirios por falta de autoestima. Pero calificarla así sólo sería el resultado de una incapacidad para poder medir los actos dentro de su contexto (lo que los antropólogos llaman etnocentrismo). Para entender este tortuoso camino de la santidad dentro de su real significación es imperioso tener en cuenta los elementos místicos y religiosos que se barajaban en ese entonces como imprescindibles para una comunicación efectiva con Dios.

En primer lugar las mortificaciones eran entendidas como ejercicios espirituales para solidificar la voluntad, a partir de la idea del fuga mundi (alejarse del mundo y de la carne): las beatas, monjas y sacerdotes que pretendían una comunicación mística debían de probar sobre todo el valor del doblegamiento del cuerpo. El cuerpo era considerado como la cárcel del alma y por eso la monástica oriental, recogida por los agustinianos, consideraba la renuncia al cuerpo como la forma de relacionarse con lo divino. Los sentidos transmiten al cuerpo ignorancia y las pasiones, locura, contaminando al alma hasta volverla ciega; para llegar a la luz resplandeciente es preciso controlar al cuerpo.

Este procedimiento de control no es otra cosa que la llamada experiencia interior, que Georges Bataille consideraba como ese viaje al punto extremo de las posibilidades del hombre.

Violentar el cuerpo

Una de las imprescindibles condiciones para “violentar” al cuerpo era el ayuno. Santa Rosa ejerció ayunos extenuantes: a veces se mantenía una semana entera con apenas agua caliente y dos panes. Incluso su mayor aspiración fue la de emular a su patrona Santa Catalina de Siena, durmiendo sólo media hora cada dos días y bebiendo apenas agua bendita durante un mes. Su madre la obligaba a comer carne pero estas obediencias filiales sólo le producían comprensibles espasmos estomacales.

El ayuno es una de las condiciones fundamentales del asceta. “Ayunar servía para acceder a un yo interior y a un mundo en que los contactos con lo espiritual, lo etéreo, lo trascendental resultaban mucho más sencillos. El ayuno ponía al descubierto la personalidad interna y la materia de la que el mundo estaba hecho” señala Hiller Schwartz en su ensayo El problema de los tres cuerpos y el fin del mundo. El ayuno transforma a la realidad en un hilo delgado mucho más fácil de soportar y de escudriñar hasta en su rincón más remoto, luego del ayuno el asceta se convence aún más de la superioridad de lo inmaterial sobre lo material y de la santidad del dominio de uno mismo.

El autoescarnio como forma de conocimiento

Después de largos ayunos Santa Rosa se sentía más fuerte, restablecida, ennoblecida. Su cuerpo se encontraba lo suficientemente liviano como para afrontar las purgas espirituales imprescindibles para evitar “algún castigo celeste contra el reino del Perú o Lima, su patria” según lo expresa su más divulgado hagiógrafo Leonardo Hansen. Es entonces que se descubría el cuerpo, se calzaba los cilicios en la cintura o sobre los senos, y con un látigo especialmente preparado por ella, se flagelaba cinco mil veces hasta que “la sangre salpicaba las paredes”.

Nosotros no podemos más que horrorizarnos ante tales prácticas. Pero es necesario tener en cuenta que para los ascetas y los místicos el cuerpo es sólo un escollo en la liberación definitiva del alma. Incluso para los neoplatónicos como Plotino, el alma se equivoca si busca su unidad en la pareja con el cuerpo. El autoescarnio es sólo un ejercicio de humildad aunque fuera de la radicalidad como el que practicaba Rosa de Lima.

Fueron tales los extremos a los que llegó la santa limeña que su madre tuvo que echar al Río Rímac trescientos aparatos de tortura. Su esclava Mariana protegía sus desenfrenos, que incluso sus confesores le habían prohibido. Ella siempre obedeció, pero también se las ingeniaba para que ellos no vetaran sus prácticas; así continuó llevando sobre la cabeza y debajo de la toca una especie de vincha de plata con treinta y tres púas que le lastimaban las sienes y en la cintura una cadena que envolvía hasta en tres vueltas. Finalmente fue conminada a suspender estas prácticas por el padre Lorenzana para evitar que la ciática de Rosa empeorara.

Todos estos tormentos, aunados a las enfermedades que ella padecía, sólo eran una forma de confirmar la necesidad íntima de separar al alma del cuerpo y construir otro soporte: un cuerpo celeste. Según Hansen —hagiógrafo que describe, casi con malsana insistencia, el vía crucis de sus tormentos— “este nunca visto divorcio debe contarse entre las más súblimes, más admirables y más gloriosas proezas de nuestra virgen”.

La mortificación era una forma de minimizar la personalidad al máximo, haciendo a un lado el consciente, para que de ahí surjan otros elementos incluso del inconsciente colectivo: el arquetipo del asceta se fundamenta en la negación total del yo.

¿Mater admirabilis?

Una de las relaciones poco estudiadas en la vida de la santa es la que tenía con su madre, doña María de Oliva. A pesar de fue ella quien le puso el apelativo de Rosa, años más tarde cuando la niña empezó sus prácticas mortificatorias la madre se enfrentó radicalmente. No sólo la obligó a comer carne y le echó al río sus instrumentos tortuosos, sino que estuvo en contra de que entrara al convento --lo que finalmente le agradó a Rosa-- y de que permaneciera virgen. Según Hansen, le desesperaba la insoportable obediencia de Rosa al pie de la letra; la obligaba a hacer las labores de forma equivocada para luego destrenzarlas; le daba patadas, bofetadas y le pegaba con un palo de membrillo; y alguna vez se refirió a ella en público como “hipocritona, embaucadora, engañadora, fingida, santona, ajena y vacía de todo lo que es virtud verdadera y sólida”. Pero al mismo tiempo vigilaba con celo que Rosa no se quebrantara, incluso muchas veces la obligó a dormir en su misma cama para estar segura que no se mortificaba en el lecho.

Al parecer los padres habían cifrado sus esperanzas de salir de la pobreza en un matrimonio de conveniencia entre Rosa y un pretendiente. Pero ella rechazó tal trance pues ya pertenecía al Divino Esposo. Esto irritó a toda la familia, sobre todo a la madre que empezaba a fatigarse de los escarnios y torturas quizá porque no poseía la paciencia de santa de la hija. Cuenta Hansen que antes de morir Rosa pidió en sus oraciones que su madre no sintiera dolor alguno; luego indica que al expirar la santa, la madre se hizo a un costado porque empezó a henchir su pecho de gozo, a sonreír e incluso a soltar alguna carcajada. Hansen asegura que se trata del último milagro en vida. Nosotros sólo encontramos otra explicación innombrable.

Beatas y terciarias

Contrariamente a lo que la gente cree, Santa Rosa no fue una monja, sino una soltera consagrada —como lo son en nuestros días algunos miembros del Opus Dei— que nunca hizo vida en claustro sino en su casa, en la famosa ermita que construyó con sus propias manos, y que portaba el hábito de Santo Domingo como hoy en día muchas mujeres usan el del Señor de los Milagros sin haber profesado votos eclesiásticos. Era muy común durante el siglo XVI en nuestra ciudad el uso de estos hábitos por mujeres que ni se sometían a la voluntad del marido, ni a la expresa jerarquía del convento, denominadas beatas o terciarias, porque asumían la “tercera vía”.

La institución de la beata se había extendido durante la colonia a propósito de la influencia de dos libros: el Cantar de los Cantares y el Protoevangelio de Santiago (un evangelio apócrifo mariano). Tenía como antecedente inmediato a los beguinos y a las begardas europeas, hombres y mujeres que mantenían un estilo de vida mendicante siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos, y que definitivamente ponía en evidencia los lujos de las autoridades eclesiásticas de la época.

En la Ciudad de los Reyes, famosa por sus mujeres de vida disipada que tras los velos de la saya y el manto mantenían obvias relaciones de seducción, las terciarias y beatas se erigieron como las portavoces de un estilo de vida más decoroso, menos banal y superfluo; contrastando con la frivolidad de las tapadas, las terciarias mantenían una voluntad inquebrantable en el celo de sus obligaciones cristianas.

Pero eran peligrosas. Al contrario de lo que pudiera creerse, la jerarquía católica les tenía miedo por sus exageraciones que rozaban la herejía. Años antes en España se había vinculado a las alumbradas con la herejía de los cátaros e incluso con los luteranos, por eso muchas terminaron en el fuego ardiente del Santo Oficio. En España San Ignacio de Loyola estuvo preso en 1525 por alumbrado y la mismísima Santa Teresa tuvo que luchar contra un proceso abierto por iluminada.

Rosa no estuvo al margen de esto e incluso se le siguió un proceso en la Inquisición, pero finalmente salió bien librada. Pero muchas de sus amigas y “hermanas terciarias” no corrieron la misma suerte.

Según lo señala Fernando Iwasaki en un estudio sobre las beatas limeñas, muchas de las coetáneas de Rosa, terminaron sus días en prisión. Luisa Melgarejo, quien estuvo con Santa Rosa en su lecho de muerte, se salvó de la quema sólo porque sus confesores habían “enmendado” los cientos de folios que ella había escrito sobre sus experiencias místicas. No sucedió igual con otras que fueron luego consideradas postizas y ventajistas como María de Santo Domingo (la “Dedos pegados” porque fingía que Jesús le había pegado el pulgar al índice), Inés Velasco (la Voladora, porque volaba cuando tenía éxtasis), Isabel de Omaza (india que fingía milagros), Ana María Pérez (mulata que profetizó que los barcos llegarían hasta el Centro de Lima) y sobre todo la monja Inés de Ubitarte, que tras los procedimientos del Santo Oficio, terminó negando sus arrobamientos y éxtasis para afirmar que había sido seducida en trato carnal con el demonio. Se le acuso de súcuba de Satán.

¿Por qué se salvó Santa Rosa si también se le pudo acusar de iluminada? Por diferentes motivos: en primer lugar, porque sus confesores eran miembros del Santo Oficio, pero también porque sus manifestaciones místicas estaban mucho más vinculadas con la humillación y el autoflagelamiento que con las “vanaglorias” de profecías o arrobamientos. La humildad fue su salvación.

(Revista Linda, El Comercio, agosto 1996
)