El 29 de agosto, un artículo nuestro en el suplemento El Dominical de El Comercio, "Una basílica para Santa Rosa", traía a Anita Fernandini como personaje antagónico a los deseos del arquitecto Fernando Belaúnde de construir una basílica a la santa peruana en lo alto del Cerro San Cristóbal en los años 1940 -Belaúnde, según propio testimonio, estaba comprometido con la idea original de Pedro Paulet-. La señora Fernandini llegaría a ser, dos décadas después, la primera alcaldesa de nuestra ciudad. El artículo veía la luz entonces en circunstancias en que, según los sondeos de opinión pública, tendríamos una nueva alcaldesa. Con sentido periodístico, el diario "revivió" a ese personaje. Primero fue la editora de El Dominical, Martha Meier de Miró Quesada, el mismo 29 de agosto y en la siguiente edición del suplemento. Luego el periodista Fernando Vivas Sabroso, el 13 de setiembre último, esbozó un perfil de ella en su nota "Anita juró primero", resaltando que ni Susana Villarán ni Lourdes Flores, cualquiera que sea la ganadora, será la primera mujer en ser alcaldesa de Lima. Reproducimos esta última, haciendo una aclaración. El comité de damas fundado por la señora Fernandini para construir la basílica data de 1934, un año después de que Paulet presentarar su proyecto de basílica. Volveremos sobre ello.Lima la
vio jurar y sentarse en el sillón de Nicolás de Rivera con la misma naturalidad con la que los hombres mandaban en casa e irrumpían en la historia. Hasta ahora se me hace difícil entender por qué no se considera un hito popular que en 1963 tuviéramos una alcaldesa apenas 7 años luego de que las mujeres votaron por primera vez en el Perú.Respuesta tentativa: Anita no tenía una agenda feminista sino un aura de benefactora y protectora del patrimonio, y no fue elegida por sufragio sino designada por la fugaz Junta Militar de Gobierno de los generales Ricardo Pérez Godoy y Nicolás Lindley. Carlos Neuhaus Rizo Patrón, autor de “Damas, poder y política en el Perú” (2007), apasionado de la ‘petite histoire’ como le gusta definirse, me dice: “Los militares querían enviar un mensaje a las clases altas, ganarlas a su lado, y Anita, mujer generosa, era heredera de una de las mayores fortunas de la época, la del minero Eulogio Fernandini. Apuesto a que fue idea de Lindley que conoció a los Fernandini como constructores del entonces moderno balneario de Santa María”.
Luis Bedoya Reyes fue el suce
sor de Anita en 1964 y primer alcalde elegido por sufragio. No recibió la posta directamente de ella (es difícil precisar si fue cesada por Fernando Belaunde o ella optó por apartarse del cargo), sino de José Jacinto Rada que fue una suerte de teniente alcalde de transición, pero la recuerda para bien: “Debió ser duro su trabajo, con mucha fuerza psicológica, porque el limeño no se acostumbraba a la autoridad femenina y doña Anita era blanco de bromas y críticas por su condición de mujer”. ¿Recuerda alguna? “No”. Don Luis es un caballero. Le pregunto si fue el precedente de Anita lo que motivó a la alianza apro odriista a lanzar a María Delgado (la esposa de Manuel Odría) como rival suya en 1964: “Eran personalidades muy diferentes. María Delgado fue escogida por su popularidad natural, reunía amores auténticos donde su esposo reunía odios”. ¿Anita era muy conservadora? “Más que conservadora, era religiosa, estaba obsesionada con construir una basílica de Santa Rosa”. En realidad, fue esa obsesión la que la llevó a la arena política.LA DAMA DEL SOMBRERO
La leyenda urbana y la mofa machista a la que alude Bedoya dicen que doña Anita mandó tapar los genitales de las esculturas de Bellas Artes y que dictó una ordenanza contra las calatistas. No he encontrado prueba de ello, pero sí de una dama de su tiempo, que no intentó romper ningún molde, que se casó dos veces (con el ingeniero Alberto Álvarez-Calderón Flores y tras la muerte de este en 1944, con Eduardo Naranjo) y que no se sustrajo a modas y festejos, aunque a partir de los 60, sus sombreros lucían ‘demodés’. La devoción, la caridad y una aristocrática frivolidad se daban armoniosa cita en su mansión de Miraflores, donde se festejó el reinado de belleza de su hija Ana María (madre de Pedro Olaechea, actual presidente de la SNI). Cuando se casó con Naranjo, se mudó a la imponente casona de la última cuadra de la avenida Salaverry, luego vendida a la embajada rusa.
Santa Rosa copó su agenda pública por buen tiempo. En la década del 40 había presidido un comité de damas que organizó un concurso para diseñar los planos de la basílica soñada. Fernando Belaunde tenía un sueño similar y la convenció, cuando coincidieron fugazmente de alcaldesa y mandatario, de convocar otro concurso con la idea de erguir la mole en lo alto del cerro San Cristóbal. El proyecto se frustró y Anita hubo de resignarse a restaurar el viejo convento de la avenida Tacna.
En sus últimos años presidió un comité consagrado a la paz mundial. Murió en 1982 a los 80 años y su mausoleo es uno de los hitos en las visitas guiadas al cementerio Presbítero Maestro.